Hay vida más allá del tra-tra, un año de «El mal querer»

La avalancha por saber quién va a ser la nueva Rosalía ha hecho perder a la escena una oportunidad, quizá, irrepetible.

 

El Mal Querer cumple un año y con él la eterna historia de amor de la escena con la ya consolidada estrella del pop internacional. Pero pop de popular, y por decir algo, porque si alguna cosa hemos aprendido durante este año es que Rosalía no es la nueva revelación del flamenco, ni la sorprendente propuesta del urban español, ni siquiera la nueva voz del reggaeton de más altura. Lo que nos mostró El Mal Querer hace un año y seguimos viendo hoy single tras single, de Yo x Ti a Milionaria, es un torrente de renovación, experimentación y ganas de trabajar la materia que es la música, borrando géneros y fronteras sonoras para crear siempre algo nuevo.

Después de premios, festivales y giras internacionales, El Mal Querer abre una puerta a un plano completamente diferente. La música fusión siempre ha existido, sí, y es así como de hecho evolucionan los estilos y se crean nuevos, pero en un panorama musical entonces tan sediento de sangre fresca a la que declarar “trap”, “urban”, “calle” o cualquier otra etiqueta que sirva para vender artículos, ropa y shows, lo de Rosalía fue una bofetada en toda la cara. El concepto es simple. Coges los elementos que te inspiran y te enamoran de esa música u otra y los haces encajar para crear algo nuevo que a su vez te inspire y te enamore.

En el caso de Rosalía fue el flamenco y los beats del hip-hop. En el caso de Kanye, por ejemplo, está siendo la música gospel. En el caso del compositor del pasado siglo veinte Darius Milhaud, fue el entonces novedoso jazz norte-americano. Siempre ha pasado, pero no todos lo han sabido gestionar. De hecho, parece que la industria misma quedó tan shookeada con ese dos más dos son cuatro musical, que prácticamente no supo reaccionar. Desde el momento cero el nombre y obra de Rosalía fueron objeto de debate sobre su autenticidad, su valor real técnico y musical y la legitimidad de su imaginario.

Recordamos que después de cuarenta stories explicando los entresijos de la creación musical de su album, tema por tema, aún hubo alcaldes que quisieron cuestionar públicamente el caché de su show, porque, claro, eso de la música te sale solo, calentando silla y poniendo sonrisas falsas, no como el politiqueo. Como fenómeno, El Mal Querer también creó una obsesión comercial que hizo que la industria de promotores, periodistas y demás se aferraran a ella como si de ello les dependiera sueldo. Mala sombra.

Esa puerta que abrió Rosalía ha acabado totalmente bloqueada por la avalancha hambrienta por saber quién va a ser “la nueva Rosalía”. Y ese es el problema. Parece que la escena musical ha dejado pasar la oportunidad de expandir ese caldo de cultivo que fue la propuesta de EMQ, en el que cabía mucho, mucho más que el famoso tra-tra. EMQ fue un grito, un toque de atención para todos aquellos que se pasan la carrera pendientes de qué elementos importar de la escena musical internaciona para picotear de algunos de esos millones malumeros.

En la hiper-globalización cultural que vivimos, parece que aquello enterrado en siglos y siglos de tradición resulta ser la opción rompedora. Hemos traducido el rap, hemos hecho nuestra versión de punk, del pop-chicle y del reggaetón (o lo que sea que haga Juan Magán gritando “electrolatino” desde Badalona). Pero lo que nos hizo caer los airpods al suelo fue la reinterpretación de un género que creíamos lejano, de los tíos del pueblo, de las madres vendiendo en el mercado o de los guiris haciendo cola en Los Tarantos. Y resulta que no, que sus harmonías siguen resonando en cada uno de nuestros huesos.

Obviamente, no todo han sido cosas malas. Después de EMQ, el publico se ha destapado los oídos y ha cogido interés por artistas que la escena mainstream solía ignorar, como María José Llergo, que arrasó en el pasado BAM. Yendo aun más allá, mezcla y la experimentación de Rosalía han atravesado el Atlántico hasta inspirar otros artistas latinos. En una entrevista en la edición de junio de la revista Cosas, la cantante Wendy Sulca habló de como la música de Rosalía la había hecho decidirse en incorporar los elementos folk de música peruana andina, siempre presentes en su carrera como cantante infantil, en sus nuevas creaciones pop y urban, y que esa era la opción que quería defender: un pop cargado de cultura peruana. Y de la misma manera que en la obra de Rosalía encontramos los palos de bulería, palmas sampleadas y harmonías flamencas, en lo nuevo de Wendy Sulca escuchamos charango, quena y cajón peruano, respaldando el beat con rítmos andinos.

Todas esas artistas que ahora mismo están experimentando, creando y trabajando lo hacen sin deberle nada al EMQ, y ninguna de ellas va a ser “la nueva Rosalía” sino su propio nombre, por mucho que le pese a la industria, pero si que es verdad que el existazo que supuso el album de Rosalía ha servido como mínimo para que el público demuestre que puede saber valorar otras opciones más allá de las que nos hace tragar la industria según le conviene. El Mal Querer es un aval para volver a apostar por los sonidos olvidados o hasta menospreciados por generaciones y generaciones convencidas que todo lo que vale la pena tiene que sonar a Hollywood. Ahora solo nos queda esperar el nuevo tema de Bad Gyal con “flabiol y tamborí”.