Oscar Mulero, techno constante más allá de la muerte

El artista madrileño -ahora asentado en Gijón- lanzaba el mes pasado Perfect Peace vía Semantica, un álbum con el que retomaba su idilio con la IDM de la golden era de Warp. Le entrevistamos.

Siempre que hablamos de Oscar Mulero, deberíamos precisar a cuál de los muchos Oscar Mulero que conocemos nos estamos refiriendo exactamente. Aunque la historia, la tradición y la fama han querido presentarnos al DJ madrileño como un bulldozer de las cabinas y un fundamentalista del techno de la senda oscura, desde el comienzo de su carrera Mulero ha sido un artista poliédrico, o al menos con más facetas complementarias de la que normalmente ha sido su tarea principal, que es descargar energía en bruto cuando se sube a la cabina de un club a mandar.

Antes del techno, para él estuvo la new wave, el punk, el rock siniestro, el indie de los 80; es un hijo del rock, y nunca ha renegado de esa rama gruesa de su árbol genealógico. Durante el techno, en los 90, también estuvo el techno abstracto -en nuestra conversación admite que ha escuchado el Incunabula de Autechre «cientos de veces»-, y durante los años de ascensión de Mulero al cielo de la música de baile en España -y en su caso el baile era físico y muscular, y su sonido una emisión de energía oscura-, también fue Doctor Smoke, la otra cara de una manifestación bifronte, como la del dios griego Jano, que le permitía pinchar ambient, drum’n’bass, trip hop, dub y otras músicas humeantes.

A medida que avanzaba el nuevo siglo, Mulero siempre se intentó resistir al estereotipo que le identificaba de manera monolítica como un demonio del techno duro. Cuando empezó a producir en solitario y a buscar una manera generosa y personal de expresarse por medio de álbumes, siempre intentó que estos fueran un desvío hacia otros terrenos, una ampliación del campo de batalla, como diría Houellebecq, que él deseaba que fueran como puertas abiertas a otros espacios afectivos de su mundo musical: con A Oochi Chiusi (Pure Plastic, 2003), firmado como Trolley Route para el sello de su buen amigo Mark Broom, vino a decirnos que él también era hijo de Detroit, y esa vinculación con el techno más expansivo, emocional y aireado ha continuado con títulos que describen meticulosamente al «otro Mulero» -que para nosotros es un Mulero más verdadero que el supuesto Mulero real- como Grey Fades to Green (2011), Black Propaganda (2012) o Biosfera (2013).

En 2018, Oscar Mulero es un hombre todavía más libre para hacer la música que le pide el cuerpo y le dicta el corazón, y su nuevo disco, Perfect Peace, en el sello Semántica, parece trazar el cierre de un círculo personal que le devuelve a principios de los noventa, a la época de los discos de la serie Artificial Intelligence de Warp, al momento en el que él, como tantos otros, descubrimos que la música de baile era también la que hacía moverse a las neuronas, y que la música experimental podía tener un alma tan grande que no cabía en los 70 minutos de duración de un álbum. Cualquiera que conozca la trayectoria y el proyecto artístico de Mulero sabe que un disco así no implica ningún viraje brusco ni una dirección oportunista: es una vía más del universo del artista que había tardado en inaugurarse, motivo por el cual quisimos hablar con Oscar para que nos explicara más cosas sobre su momento actual y la música que llena su vida.

 

El titulo Perfect Peace es llamativo porque normalmente no se asocia con la paz, sino con todo lo contrario: la intranquilidad, los nervios, la agitación. ¿Tu necesidad de paz surge de una necesidad vital o intelectual?

El título tiene que ver con la necesidad de sentirme en paz conmigo mismo haciendo un sonido que está alejado al cien por cien de la pista de baile. Musicalmente va por ahí. Y además, es un concepto que funciona muy bien con la estética que le quería dar a todo el concepto gráfico, y que también conecta con los visuales de los directos audiovisuales que hacemos con Monochrome. La portada y las fotos interiores están inspiradas en las que hizo Javier Bejarano, un buen amigo mío, en el cementerio de Highgate en Londres. Son imágenes que me transmiten paz.

¿Cuánto tiempo hacía que querías hacer un disco así, en plan Warp primera época?

Creo que es algo que he llevado dentro desde siempre, y un tipo de sonido que a nivel DJ había tratado mucho cuando hacía sesiones largas y pinchaba, al principio de la noche, los primeros discos de Autechre, Biosphere o Aphex Twin. Al haberme construido un perfil tan grande de DJ de techno, lo de pinchar música dura y oscura se ha convertido en algo así como un estigma, y me ha costado irme quitando capas de encima. Pero tenía que ocurrir que hiciera un disco así, no es que tuviera deudas con nada o con nadie, pero lo llevaba dentro. Ahora tengo la posición artística para permitírmelo. En algunos trabajos largos anteriores me acercaba, pero a este rollo más warpiano, como lo queremos llamar, no he llegado hasta que no me he quitado mucho lastre de encima.

 

¿Hay algún motivo concreto para no haberlo hecho antes? Por ejemplo, falta de equipo o conocimientos de producción, un sello adecuado, o incluso la reticencia de tu público a aceptarte algo así.

El público ya no es un condicionamiento para nada. De este sonido he ido dando pinceladas en los trabajos largos anteriores, quien quisiera verlo ya sabía por dónde iba. Es obvio que a los seguidores más acérrimos de mi rollo más visceral o físico quizá les llame más la atención. En cuanto a la técnica, no creo que sea una de las causas. Es algo más cercano a lo emocional, a lo que sentía por dentro. El momento era ahora.

 

Ahora ya dices que no, pero ¿te has sentido alguna vez rehén de tus fans, los has sentido como una fuerza resistente no te dejaba evolucionar al ritmo que tú querías?

En ese sentido, he sido más rehén de mi mismo. El responsable de no ir más allá en este camino he sido yo, porque las decisiones las toma uno mismo. Es un poco lo que explicaba antes: seguramente, habrá fans más jóvenes que sólo conozcan la faceta más física de mi trabajo, pero quien me haya seguido desde los 90 o desde principios de los 2000, saben que yo he madurado y también ellos habrán madurado y evolucionado a la vez, así que este sonido les resultará más acorde con su vida. No puedo hacer responsable a la gente que me seguía de no haber cambiado antes o más rápido. Era responsabilidad mía, y ahora lo hago porque me siento libre para tomar la dirección musical que yo necesite.

 

La paz perfecta a la que alude el título del disco podría ser también la de la muerte. ¿La muerte te inspira, o te preocupa?

Como concepto, a nivel creativo o de inspiración, la idea de la muerte tiene una riqueza de contenido brutal. Como decía antes, la estética del disco viene del trabajo fotográfico de Javier, y lo que él hace coincidía muy bien con la idea musical y visual que yo le quería dar al disco. Mi idea era mirar a la muerte como una parte de la vida, evitando cualquier interpretación siniestra o macabra, sino como algo natural, buscando la belleza que pueda haber en ella. A día de hoy, así es como me aproximo a este concepto.

¿Cuál es tu idea de la belleza?

Encuentro belleza en aquellos discos IDM de la primeros 90, en la melancolía. Ya digo que el título del disco no es casual, trata de mirar a la muerte como una paz perfecta, en la que hay belleza. Yo encuentro la belleza en lo triste, la música que escucho desde pequeño ha sido siempre música que tiene esa melancolía. Es donde encuentro la luz. Este disco no respira rabia.

 

Algunos títulos de temas son bastante profundos, o dan pie a posibles interpretaciones: Ataraxia, que es el estado de quietud perfecto de la filosofía epicúrea, o Return to Ash, que es un texto de los evangelios, o incluso Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, y que es un concepto tanto de la hermética moderna como de la filosofía oriental. ¿Hay una conexión filosófica en este disco?

Algo hay. Ataraxia para mí tiene mucho que ver con el título del disco, es la paz perfecta, estás inerte pero nada te puede perturbar, incluso hasta el punto de ser un patología, es un estado de paz, nada te altera. Y Ourobouros es lo que hablábamos antes, es el proceso de la vida. Es la representación gráfica del esqueleto de serpiente que se transforma en la vida, y luego en la muerte.

 

¿Te consideras una persona espiritual?

No, no, la verdad es que no. Me considero más bien como alguien que tiene fe en el poder de cada uno, en el trabajo y el desarrollo del individuo.

 

Perfect Peace suena mucho a los primeros discos de la serie Artificial Intelligence. Incunabula, el primero de The Black Dog. ¿Son esenciales esos discos para ti?

Incunabula o Amber son discos con los que he crecido y que he escuchado cientos y cientos de veces. No he intentado hacer una imitación, porque es algo que llevo dentro. También me he escuchado miles de veces a Killing Joke o Joy Division, y esas emociones o melodías las llevo dentro también. Todo esto fluye, esta música que has escuchado tanto es la que luego hace que pongas las manos sobre unos acordes concretos. Soy tan fan de esos discos que el Amber y Tri Repetae los tengo firmados por Autechre. Coincidí con ellos en un festival de Monegros de invierno. Yo creía que pensarían que era un freak o algo, peor me dijeron que me conocían a través de Mark Broom, y estuvimos hablando. Para mí, son discos atemporales.

«En la escena techno española hay más colaboraciones entre los artistas, pero el circuito se ha reducido. A nivel internacional está muy bien considerado, pero aquí dentro debería tener mucha más visibilidad»

 

Podrías haber editado esta música en Warm-Up o cualquiera de tus sellos, pero lo haces en Semántica, el sello de Enrique Mena, Svreca. ¿Era la opción lógica por el tipo de sonido que tiene, o lo haces por amistad?

Existe la amistad con Enrique, por supuesto, he colaborado mucho con el sello, y me parecía una opción súper válida. Al principio él llevaba el sello por el lado experimental, tocando más palos aparte de la pista de baile, y poco a poco fuimos coincidiendo. Estoy muy contento de sacarlo en Semántica, porque el trato con Enrique es muy fácil. Además es de Madrid. Para algunas cosas soy muy cabezón, y me gusta hacer las cosas con sellos de aquí.

 

Da un poco de rabia que Svreca no sea suficientemente valorado aquí, salvo por la gente que está muy metida en el techno. Es de lo mejor que ha dado la escena en España.

Es un contraste muy grande cuando vas a Japón, hablas de Semántica y mucha gente te dice que conoce el sello y que le parece un maravilla, y que en España no se le dé demasiada cobertura. Es un poco el reflejo de lo que ocurre en la escena española con el techno, hay más colaboraciones entre los artistas, pero el circuito se ha reducido. A nivel internacional está muy bien considerado, pero aquí dentro debería tener mucha más visibilidad.

 

¿Cómo has vivido estos últimos años de dominio del drone techno y el rollo industrial? ¿Te han dado nueva vida como DJ?

Me ha dado más margen, y me ha dado motivación y aire fresco. No sólo a mí, sino a todo los que llevamos mucho tiempo en el techno: Surgeon, Regis, los DJs nacionales… En los últimos seis años, el techno ha dado un pequeño giro, antes estaba encerrado entre cuatro paredes y faltaba una vuelta de tuerca, estaba muy encerrado en el mismo bucle. Este nuevo sonido industrial ha sido una buena motivación, una visión más amplia, técnicamente son temas que te permiten hacer mezclas largas y trabajar por capas: a mí me ha rejuvenecido como DJ techno en cierto sentido. Me siento diez años más joven, no en el DNI, pero sí en la escena.

 

¿Con qué frecuencia sigues escuchando rock?

De vez en cuando me pongo a los Smiths [hacemos la entrevista por Skype y Oscar lleva puesta una camiseta de The Smiths]. Sigo comprando discos de aquella época, sobre todo de aquellas bandas por las que tengo mucha fijación, como por ejemplo Trisomie 21, que además vienen a tocar a Madrid dentro de poco y me he dejado libre ese viernes para ir al concierto, porque no los he visto nunca. Estoy más por estas cosas, por coleccionar de lo que me gusta, que por las cosas nuevas que van saliendo. El post-punk y la cold wave las sigo teniendo muy por la mano.

 

¿Qué clase de vida llevas cuando no tienes que pinchar?

A muchos compañeros les pasa igual… Con los años, te va apeteciendo una vida más tranquila y me reservo mucho tiempo para mí, intento que haya un fin de semana cada cierto tiempo que sea sólo para mí. Llevo trabajando en ello un tiempo y por ahora va bien. Disfruto mucho pinchar los fines de semana y me lo paso muy bien las sesiones, y también me gusta estar un mes fuera de gira, sigue siendo algo muy inspirador. Pero la tendencia es hacer más vida tranquila.

«Este nuevo sonido industrial ha sido una buena motivación, una visión más amplia que me ha rejuvenecido como DJ techno en cierto sentido. Me siento diez años más joven, no en el DNI, pero sí en la escena»

 

¿Has modificado algo conforme a la edad, has tomado decisiones sin vuelta atrás?

Hay que sacrificar cosas, desde luego, para tener más tiempo para la familia y los amigos. Durante una época no pudo ser así: al principio de mi carrera tenía muy claro que algo debía verse afectado, y fui bastante egoísta, si se me permite la expresión. Cuando dedicas tanto tiempo a trabajar, hay cosas que se quedan atrás o las tienes que aplazar. Pero a medida que avanzas, tomas otras decisiones. Tuve que renunciar a poder disfrutar de más tiempo con la gente más cercana, o a formar una familia a una edad más joven, algo que siempre me hubiera gustado hacer. Pero era un poco difícil, la vida familiar no combina bien con el trasiego de viajar y producir.

 

Te fuiste a vivir a Gijón y ahí sigues. ¿Qué buscabas en el norte?

Al principio me lo tomé como una escapada de Madrid, quería que fuera por una o dos temporadas, pero me enganchó mucho la vida tranquila de aquí. Llevo ya nueve años. Es más difícil porque la logística para tomar vuelos no es la mejor, pero aquí sigo.

Me dicen que te gusta mucho la fotografía. ¿Es un hobby para desconectar? ¿Qué buscas con ello?

Es un hobby, una distracción, sin más. Siempre me ha gustado mucho la fotografía y mirar libros de fotos, y hasta que no me vine a Gijón no tomé clases ni hice cursos. A medida que aprendía, me fui interesando más. Me aporta mucho a nivel de desconexión. Tengo que decir que soy un músico que hace fotos, pero no soy fotógrafo. No me considero tan bueno como para eso. Hay amigos que me dicen que debería montar una exposición, pero lo máximo que he hecho ha sido utilizar mis fotos para alguna portada de disco. Quizá en el futuro pueda hacer algo más, quizá no a nivel de exposición, pero sí un libro que, más que transmitir mi habilidad con la cámara, intente transmitir a dónde me ha llevado la música. Cuando viajo, hago fotos, he estado en infinidad de sitios. Podría ser interesante.

 

Ángel Molina me habló una vez de las transformaciones que experimentaba su cuerpo después de tantos años pinchando. De notar daño en tus órganos, de tener que ir con más frecuencia a revisarse el oído. ¿Cómo lo llevas tú?

En esta profesión, lo que más desgaste tiene es el oído, hay que controlarlo a base de audiometrías. También noto el desgaste a nivel postural, en las cervicales. Hace un tiempo tuve vértigos y mareos, y eso me obligó a parar dos meses, durante todo ese tiempo no pude viajar. Por un lado estuvo bien, porque me pude poner a trabajar con Fasenuova y dedicarme a mis producciones. Llevo 30 años en este oficio y es normal que haya desgaste, tienes que cuidarte más.

Antes decías que el circuito techno se ha reducido en España. ¿Ya no interesa tanto al público joven, se han pasado todos al hip hop?

Sigo encontrando mucho público joven, en España mayoritariamente, quien sigue sigue nuestro sonido, es joven, al menos en comparación con otros países. Pero también hay un cierto desinterés, que no sé si depende de este factor, del auge de las músicas urbanas. Creo que hay otras cosas también. En el caso de Madrid, a los promotores cada vez se lo ponen más difíciles con normas que hacen que abrir no sea tan fácil, y esto también influye.