Rosalía, la chiva expiatoria preferida de los payos con Twitter

La intachable actuación de Rosalía en los Goya ha vuelto a incendiar las redes con acusaciones peregrinas y llenas de culpa blanca de extracción de la cultura gitana y apropiacionismo cultural. Reflexionamos en torno a ello.

 

Su última aparición en los Goya, rodeada por el Cor Jove de l’Orfeó Català y El Guincho, ha vuelto a remover el caldero de las críticas a la cantante catalana, como ya era de esperar. Con una ejecución y puesta en escena a las que es francamente difícil toserles, Rosalía volvió a llevarse tremendos rapapolvos por su extracción de la cultura gitana, esta vez con algo especialmente considerado como «quinqui»: la preciosa y estremecedora Me Quedo Contigo de Los Chunguitos, conocida sobre todo por aparecer en Deprisa, deprisa (1981) de Carlos Saura, pero arreglada por Bernat Vivancos en una versión algo kitsch, más suave y plana, para una gala televisada. Las críticas provenían tanto de sectores progresistas gitanos como de payos clamando a la apropiación cultural, estos últimos con una idea, más vaga que otra cosa, del concepto.

Como mujer feminista catalana charnega de barrio de extrarradio tengo una visión de «lo de Rosalía» muy dividida. Simpatizo con ella y su preciosa voz pero no soy ajena a la extracción del arte gitano en su música y actuaciones. Negarlo sería una racistada, como también lo sería negar que blanquea y convierte en para todos los públicos Me Quedo Contigo al sacarla del contexto quinqui de la película de Saura (por muy arty que sea Saura) y de nuestros prejuicios payos de «casete de gasolinera» para «elevarla» rodeándola de alta cultura como es un coro de orfeón (catalán) y obviamente, por ser ella blanca y no gitana. Ésta es también la crítica más común en redes a la artista: todo sobre los gitanos pero sin ellos.

Podría haber invitado a Los (actuales) Chunguitos y cantar el tema a tres voces, como se le ha recriminado, podría al menos haber siquiera avisado a los Salazar y podría también responder de manera más abierta a las críticas por parte de la comunidad gitana sobre su problemático uso de la música y los códigos culturales que no le pertenecen por no ser parte de la misma comunidad. Podría.

Es realmente sorprendente que escogiera un registro tan canónico dejando su imagen más urban trap totalmente al margen, aparte de por las icónicas uñas de gel, que cuestan un pastón y yo tampoco me quitaría para una actuación de cinco minutos, para cantar en la gala de los Goya. Se vistió con gasas rojas y situó al coro en la retaguardia, iluminado por luces rojas en un potentísimo claroscuro. Era su manera de homenajear al cine de Saura y a su trilogía del flamenco, o, más posiblemente, una referencia al documental Flamenco de 1995, donde nada más empezar, el narrador ya dice que el género se originó en Andalucía como resultado de la mezcla de diversos estilos y pueblos, religiones y culturas. No sé para vosotras, pero para mí es una clara justificación de su uso del cante e incluso del acento andaluz. Y no solo una explicación sino una mano abierta al diálogo con la comunidad gitana. Viendo Flamenco queda clarísimo quién son los protagonistas en el film de Saura: los gitanos. El director los retrató pero no intervino en más que en poner el marco, ellos actúan, cantan, bailan y sienten en el documental. Y eso parece que quiere reivindicar Rosalía en su actuación de la pasada gala: su amor y respeto por el flamenco, sin quien no es nada, hablar de Saura y su obra respetuosa con el flamenco y con los gitanos. Éste es el referente al que se acoge Rosalía en su actuación.

Como feminista me duele ver cómo caemos en la misoginia más descarnada con Rosalía. Hay una gran falta de sororidad en el tratamiento que hacemos del fenómeno Rosalía, que no deja de ser una mujer joven exitosa a la que tendríamos que estar celebrando, de manera crítica, por supuesto, pero celebrando al fin y al cabo. Con la que tendríamos que ser mucho más mesuradas y ponerla en contexto y cuidar más. Nos falta revisarnos muchísimo la misoginia interiorizada que a menudo confundimos con querer ser las menos «feministas blancas» de todo el club de las chicas buenas que corre por las redes. Así acabamos también reduciendo al pueblo gritando a cuatro voces que leemos en tuiter y a las que leemos de manera condescendiente como las portavoces de la comunidad gitana (cuál? Sólo hay una? Quién las ha elegido?) y pasándonos de frenada con nuestro propio anti gitanismo disfrazado de respeto. Es nuestra obligación como feministas interseccionales ver que la culpa blanca nos afecta y que es denigrante para las racializadas.

Me Quedo Contigo ya había sido versionada, entre otros, por Antonio Vega y (el horror) Manu Chao, pero en ninguna de las críticas parecía ser relevante que dos hombres se la hubieran apropiado anteriormente. Obviamente las versiones eran anteriores al uso masivo de las redes sociales como medio de denuncia pero desde luego se podrían haber incluido en las acusaciones de apropiación cultural más indocumentadas. Cuando Víctor Lenore se apropió del discurso de barrio con su seudónimo Ecos del Gueto nadie parecía ver necesario recordarle que era un señor de barrio bueno hablando por boca de los oprimidos haciendo carrera y dinero con sus análisis culturales, desde luego, no al mismo ratio en que se le llama de todo a Rosalía por ser una blanca catalana que pretende adaptar el flamenco.

Como charnega de extrarradio también me duele ver cómo no parece entenderse que muchos hablemos con acento andaluz, conozcamos las pelis del cine quinqui desde pequeñas sin ser pijas, adoráramos a Camela o nos comamos letras, pero creo que este es un tema que fuera de Cataluña ni se entiende ni se quiere entender.

 

En conclusión, se está esperando de Rosalía que se comporte como una activista pro gitana cuando lo que ella hace es triunfar en una carrera estratosférica que no debería sorprendernos si la acaba convirtiendo en la próxima Beyoncé. Parece que esperamos que un producto como Rosalía nos libre de nuestro propio racismo antigitano con sus actuaciones, para poderlas ver desde casa y darles nuestra aprobación de buenas personas. Hay pocas cosas más liberales que proyectar valores progresistas en un producto de consumo masivo. No era esto, amigos. Dejemos a Rosalía en paz ya.