Techno en barrica de roble

Y Dan Sicko legitimó el sonido Detroit. Nos sumergimos en «Techno Rebels», un estudio pionero en torno al género por excelencia de la dance music publicado por Alpha Decay.

 

«Tal como relata Herron en AfterCulture, Detroit no es ni una cosa ni la otra, ni sus lugares vacíos y oscuros ni los relucientemente restaurados; es al mismo tiempo lo uno y lo otro: una tierra de monumentales enigmas psicológicos. Y sería en mitad de ese proceso cuando el techno de Detroit cobraría vida, una música que se hace eco de los altibajos y de los tiempos de confusión de la Norteamérica urbana».

 

Alpha Decay empieza su año editorial con un guiño para los seguidores de la electrónica de este país. Con la versión en castellano de Techno Rebels, documento pionero en describir los orígenes del techno detroitiano, traducido por Héctor Castells, al que conocemos por la biografía del Dj barcelonés Sideral y con prólogo de Javier Blánquez que también es un reconocido enamorado del sonido Detroit. Bueno, en realidad como todos los grandes Djs íntegros de Barcelona como Ángel Molina o Dj Zero. Detroit es un lugar mitificado para cualquier amante del techno. Al menos hace unos años, decir que te gustaba el techno de Detroit por encima de otros technos era un signo de clase y distinción.

Dan Sicko, con experiencia en revistas especializadas como Wire o Urb, escribió este Techno Rebels originalmente en el año 99. El libro fue recibido con vítores entre una minoría porque con esta intra historia del techno se reivindicaba éste como sonido con todas las letras en su propio país. Este mismo libro volvió a las librerías en 2010 con algunas revisiones y añadidos. El autor estadounidense murió de un extraño cáncer ocular un año después de esa revisión, curiosamente en plena explosión de la EDM, que es el sonido electrónico que de verdad triunfó en su país y en el resto del planeta, con cifras mareantes en sesiones para nenes en Las Vegas. Pero esa parte se la perdió el bueno de Sicko y la vida no le llegó para recoger toda esa locura en la revisión del libro. No sabemos si el triunfo que él esperaba que merecía la electrónica le hubiera colmado las expectativas o más bien lo contrario.

La historia del techno en Detroit es un fenómeno muy curioso porque poco de sus primeros pasos este sonido tuvo que buscar el reconocimiento en otras latitudes como Londres, Manchester o Berlín. Unos años más tarde, con la irrupción de las raves, también tardía con respecto a Europa, el techno empieza a tener tirón en EE.UU., pero a sus pioneros ese reconocimiento les pillará ya como más de 30 años. Así que todo el peso de la evolución del techno quedará en manos de los miembros de la segunda y tercera ola de productores que, como Carl Craig, si que ganarán pasta con sus producciones y sus bolos por Europa (recuerdo que cada vez que Carl Craig volvía al The Loft del Razz lo hacía con la foto de un vástago nuevo en su cartera). Y no olvidemos una cosa muy importante, el techno en sus inicios tiene más que ver con fiestas de instituto, que con un club oscuro y siniestro de gente sangrando por las orejas. En aquellas fiestas con olor a perfume italiano se escuchaba italo disco como sonido de distinción, muy curioso teniendo en cuenta que yo lo escuchaba en los autos de choque de las fiestas de mi barrio que olía a todo menos a perfume italiano caro. Aquel romanticismo que desprendía el primer italo más cósmico también caló en la imaginería musical de los futuros productores de techno. Carl Craig, Derrick May, Jeff Mills o Kevin Saunderson son al techno lo que el Athlétic de Bilbao al fútbol de toda la vida. Nombre que llevan muchos años acompañándonos y que parece que lleven toda la vida ahí. Pero a principios de los 20000 aún nos quedaba por (re)descubrir la letra pequeña de todos aquellos esforzados productores anónimos que, en un momento u otro, fueron pasando por clubs de Barcelona como los bombásticos Octave One, la pericia técnica del también dibujante de cómics Alan Oldham aka DJ T-1000 o el siempre elegante y soulero Alton Miller.. Por no hablar de ese álbum de X-102, Discover the ring of Saturn, que de tan mítico parecía hasta mentira (hasta que pudimos gozarlo en directo en el Sónar de la edición de 2008 con unos problemas técnicos iniciales que retraso el inicio y potenciarían aún más la expectación inicial de los technoheads).

Otras consideraciones a tener en cuenta respecto al libro es que el autor deja claro, ya desde el principio, que no va a profundizar en el tema de las drogas (que por cierto, eran tabú entre los productores de la primera época del techno, no así para Richie Hawtin que gracias a las visitas al lavabo con Sven Väth pudo salir del cascarón en el que permanecía desde que se llevó la reprimenda de la primera hornada de artistas negros del techno que lo tacharon de oportunista). Bueno, en años posteriores al propio Juan Atkins se le irá la mano en cabina con según qué sustancias, de hecho en más de una ocasión parecía estar contactando con la mente con algún extraño planeta lejano. Tal vez por eso decidió empezar a drogarse. Se debe haber sentido muy solo en este mundo. Pero bueno, por lo general, los pioneros de Detroit se mostraron bastante contrarios a las drogas, así que en cuanto entraron en juego en las raves, los popes se retiraron a sus madrigueras a recuperar el soul en lo suyo. Cuando salieron de ellas, ciudades como Amsterdam, Berlín o Birmingham se habían convertido en la meca de los nuevos amantes del techno que con el tiempo y un buen bolsón de drogas cada vez más potentes fue perdiendo el funk en beneficio del martillo pilón.

En resumidas cuentas, el libro de Dan Sicko es un recorrido por la paradójica relación, de naturaleza casi imposible, entre una ciudad y el sonido que se supone la describía. Un sonido que tuvo que encontrar todo un Océano Atlántico de por medio para reconocerse y reivindicarse. A estas alturas de partido se antoja una guía más práctica para los que se le ocurra empezar en esto ahora, que para los talluditos tecnócratas de toda la vida.