Un paseo por el subsuelo de Wallapop: ética, basura y depravación

 

Hay un submundo en Wallapop que te lleva a la frontera de la Deep Web y a los mercadillos medievales más infectos con solo deslizar un dedo por tu teléfono: objetos robados, droga, chaperos o gente que también vota comprando y vendiendo sus mierdas sin atisbo alguno de pudor o margen para la ética.

Hubo un tiempo en que los comentarios de Youtube eran los reyes del trash en el mundo digital. Allí podías asistir a un festival lisérgico en forma de comentarios (y links) que te hacían pensar que había seres humanos que jugaban en otra liga. Y así era. Seres con un sentido del pudor fuera de lo común: al margen de cualquier yugo ético, capaces de dejar un comentario (con dirección) para hacer cruising en Majadahonda en un vídeo de recopilaciones de palizas de World Star Hip Hop o en una vídeo-receta de pastel de manzana. Esa utilización underground de los comentarios se convirtió rápidamente en un mercadillo medieval lleno de mierda e infecciones. El siglo XX supuso una absoluta democratización de la estupidez y la puesta en escena digital -para todos los públicos- de la pozoña del ser humano. Ya no hace falta que te metas en foros especializados o en la Deep Web si quieres tener acceso a ver, comprar o traficar con material ilegal. 

La generación del Tik-Tok dará un paso más allá y en el futuro hará sus mercadillos digitales en plataformas 4D/8K y seguramente evitando en todo momento el contacto humano. Ahora Wallapop, Facebook e incluso Twitter ya funcionan a pleno rendimiento como la mejor de las opciones para vender y comprar cualquier tipo de producto o servicio. El concepto de ética en los ciudadanos más jóvenes ha cambiado por completo gracias a estas plataformas, apps y puntos de intercambio digital. El vacio legal iría por otros ámbitos en los cuales no entraremos, esto de «comprar y vender» cosas sin factura, sin declarar la transacción a Hacienda y pudiendo pagar en metálico con cantidades superiores a los 3.000€ es otra de las maneras con las que se limpia el dinero en el mundo digital.

A parte de situaciones, expresiones y ortografías jocosas, Wallapop es una ampliación del campo de batalla que fueron los P2P. El trueque lleva un paso más allá: la venta. El show del capitalismo llevado a una app. Cualquier cosa que se te pase por la mente está a la venta en Wallapop. Lo que sea. Es el paraíso de la segunda mano, el vertedero digital de lo vintage, de lo que ya no quieres ponerte, del sofá completamente sudado y lefado que tienes en casa… de todo. Todo tiene su público, todo tiene su precio.

Hemos asistido a episodios de venta de droga a gran escala por la Deep Web, cuando decimos a «gran escala» no son los 10 gramos de coca que has pillado a medias con tu cuñado y los colegas del gym estas navidades «para que te salgan a 50€ y el tuyo gratis». Nos referimos a contenedores enteros que recalan en cualquier puerto europeo. La tecnología permite ya tener acceso al mercado ilegal de estupefacientes (y también al legal, sin necesidad de receta) como quien hace un pedido a Glovo. El Teledroga hecho realidad, ya sea a través de Facebook, WhatsApp, Wallapop, Twitter… hoy en día es más fácil conseguir en España cualquier tipo de droga -a cualquier hora y a domicilio- que una mixtape decente. Otra cosa es lo que luego te llegue a casa.

El infierno no solo está en el escaparate y en los productos, el verdadero calvario viene cuando tienes que interactuar con el paisanaje que puebla estas apps. Desde poner unas zapas a a la venta y que el comprador se te ofrezca a chuparte los pies, hasta gente que tiene unas tremendas dificultades para poner por escrito (ya no lo que tienen a la venta, sino también lo que tienen en la cabeza). Ese es el verdadero infierno de Wallapop: tener que interactuar con desconocidos e incluso arriesgarte a quedar con ellos en un punto determinado para hacer la transacción.

Ya hemos visto los primeros casos de asesinatos o violaciones relacionados con quedadas en Tinder o Grinder, y no tardaremos en ver casos de violencia generados por estas nuevas maneras de comercio. El ser humano es así, infame. No es un problema de las apps, es un problema de las personas. Es como aquella cantinela que oímos siempre que hay alguna desgracia con los llamados «perros peligrosos»: los peligrosos son los dueños. Wallapop no incita a la violencia o a cometer actos ilegales, pero es una vía más que tienen los descerebrados y delincuentes para cometer sus fechorías. El debate ético en el siglo XXI centra su foco en la tecnología, culpabilizando a esta de cualquier mal que cometa un ser humano. El uso que se haga de una katana siempre será responsabilidad de la persona que la tiene y nunca de la katana como «objeto en sí». Parece mentira que en 2020 tengamos que hacer hincapié aún en este punto.

El ser humano es capaz de poner a la venta el regalo que le ha hecho por su cumpleaños su propia madre sin apenas haberlo sacado del envoltorio. Tampoco tiene ningún tipo de miramientos a la hora de vender droga o prostituirse a través de estas apps. Bastante más útiles, funcionales y sencillas que estar en el banco de una plaza puliendo cogollos o haciendo chapas no concertadas con señores mayores con la esperanza del que usa el botón de Google «voy a tener suerte». Las nuevas generaciones lo tienen claro.