Cuando las redes sociales hablan mucho, la música se calla

Tras la polémica sembrada por Richie Hawtin en contra de Amelie Lens por su desmesurado uso de las redes sociales, abordamos el tema de las mismas en una época, donde parece haber adquirido más importancia la feroz presencia de los DJs y productores en el entramado cibernético, que su música en nuestros oídos.

 

Vivimos en un mundo que cada vez se mueve más por las apariencias y desprestigia, de manera reiterada, a quien no intenta encasillarse en el banal juego que promueven las mismas. Con el advenimiento de las redes sociales y, por ende, el consiguiente poder que guarecen para absolutamente todo, mantenerse al margen de las reglas que estas promueven refleja la originalidad, en estos días, tan sumamente latente. Prácticamente, no hay nada que escape de su alcance, de hecho, y ahora todo pivota en ello, en la magnitud de repercusión que seas capaz de generar con una audiencia, que más allá de ser real y poder llegar a conocerla, a conquistarla, se esconde tras una pantalla, un código de unos y ceros que transforman lo que era trascendental en superfluo. El contenido que proyectes parece haber perdido cada vez más peso, deambulando pues, en una delgada línea del todo vale por conseguir seguidores, que más que seguirte con avidez y deseo, se han vuelto meros borregos inactivos del burdo cuento que les estás vendiendo.

La industria de la música, al ser un negocio más, es evidente que se nutre de los cambios, así como de las posibilidades, en todas sus vertientes y facetas, que estas han propiciado, pero al mismo tiempo, modificado. Incluso, en la manera de entender tal comercio. Y evidentemente, la electrónica toma parte de ese pastel que se ha vuelto grande, pero cada vez, más desagradable y, sobre todo, al que es más difícil llegar y tomar parte. Quizá y como dice Javier Blánquez en el segundo volumen de Loops: es posible que el mayor reto al que se enfrenta la música electrónica actual sea el de su misma identidad. No es de extrañar, si vemos como estamos vendiendo la idiosincrasia de uno de los géneros musicales más evolutivos y vanguardistas de la historia, a la instantaneidad que exige internet. Ahora, si no contribuyes a fomentar tu actividad artística en dicho ambiente, parece como si no existieses. A no ser que seas una figura consolidada en el terreno como bien puede ser el caso de Burial, Ricardo Villalobos, Aphex Twin o la mismísima Helena Hauff, quien no tiene ningún perfil social en alguna de las redes existentes, y sigue siendo un reclamo para los festivales y eventos más cotizados. Pero creedme, en el entramado del que hablamos esos son ya casos puramente aislados.

Y es que, Facebook y otras plataformas como Instagram han cambiado lo que significa el éxito para esos otros músicos a los que no les es suficiente que su música hable por ellos. Mas, parece que de lo que no se enteran es de que, todo su trabajo se ve devaluado si focalizan todo en la popularidad que puedan generar en las mismas. Abramos los ojos, no deja de ser un mundo virtual, del que, si perdemos el control, nos conducirá a una vorágine donde la ansiedad, el estrés y la superficialidad serán los ingredientes principales. Amén de otros inconvenientes, que vienen dados por la necesidad de ser políticamente correctos en una atmósfera de muy diversas convicciones ideológicas.

Esto ha sido objeto de un intenso debate a lo largo de los últimos años. Aunque eso no es totalmente culpa de los medios de comunicación social, como tampoco y exclusivamente de los propios artistas. Con el aumento de las descargas ilegales y las plataformas de streaming como Spotify, obtener ingresos de la producción se ha vuelto casi imposible. Esto ha obligado a muchos músicos a ser el centro de atención, donde la competencia es más feroz que nunca y el mantenimiento de una presencia en las redes sociales es ahora de todo menos estándar.

De hecho y hace unos días, Richie Hawtin sembró la polémica cuando subió un pantallazo de un stories proveniente del Instagram de Amelie Lens, en él se quejaba o más bien, manifestaba el si era necesario publicar en estos entramados cibernéticos nuestro día a día. Si debíamos hacer promoción o venta incluso de los instantes más personales. Muchos le han tachado de envidioso, otros le han dado la razón y algunos, simplemente, han asentido -mientras agachaban la cabeza- de que es el presente más real que nos acontece, lejos por supuesto, de ofrecer alguna solución u opinión constructiva.

Ante esta situación del auge y la relevancia que han adquirido dichas plataformas, Prins Thomas hace poco en una entrevista nos comentaba como albergan más importancia, incluso, que la propia música. Lo cual denota que la premisa aquella de, que hablen, bien o mal de ti, pero que hablen, es el pan de cada día, incluso para quien no trabaja con las palabras y aún así su función es comunicar tanto dentro como fuera de la pista. No obstante, no todo vale, y ese cambio indispensable de paradigma es algo en lo que todos hemos de concienciarnos, aunque cada vez sea más difícil encontrar el modo de llevarlo a cabo. Porque no olvidemos que de lo que estamos hablando, es de arte, de cultura, más allá de comercializarla, la esencia primigenia es la que habríamos de conservar fuera como fuese.

Eso sí, no todo es negro sobre blanco. Ya que, por otro lado, están DJs y productores como Byron The Aquarius, quien también en la entrevista que le hicimos hace poco nos hablaba de como gracias a las redes sociales, él puede conectar con la gente y que sin el poder de las mismas, su música jamás hubiese salido de su Alabama natal, como tampoco él. O como Varg, quien se jacta de esa doble cara que parecen propiciar los social media y que en una entrevista para Resident Advisor alegó que: «¡Es arte! Tienes una audiencia allí, muy fácil de alcanzar, que está esperando que salga tu mierda. Tienes este maldito espacio y tantos asistentes, que son tus seguidores, y puedes mostrarles lo que quieres. Y lo que yo muestro me hace vender discos, y me hace tener shows. Me convierte en un divertido hombre de internet. Y es entretenido. Varg es entretenimiento.»

Opiniones hay como colores, para todos los gustos. Simplemente, pienso que sería una pena perder los estribos y dejarnos llevar por una marea obsesa con entretener de manera sónica, en vez de, seducir los oídos y hallar o resucitar el poder comunicacional que la misma aguarda desde su nacimiento.