De los muchos grupos que empezaron en los 80 o 90 cuesta encontrar alguno, si es que lo hay, con una discografía tan interesante y sin apenas altibajos como la de Pet Shop Boys (sólo Release es objetivamente flojo y Elysium, sin ser malo era un rara avis que nos cogió desprevenidos por su carácter taciturno y su falta de hits, tanto que ni siquiera hubo gira para promocionarlo). Y, sí, aunque en estas páginas os hemos hablado últimamente del gran estado de forma de gente como New Order, The Chemical Brothers o Underworld, ninguno de ellos puede presumir de una carrera tan sólida, regular y sin inconsistencias como la del dúo londinense. Pero aunque cada nuevo disco suyo sea otro capítulo inmaculado para la historia del pop electrónico aún nos seguimos maravillando que dos tipos sexagenarios no se dejen llevar por la inercia y vivan de rentas. Que 35 años después de empezar en esto de la música consigan crear hits tan certeros como The Pop Kids es motivo de alegría.

Porque es en esta canción donde reside toda la clave de su éxito, ya no sólo en 2016, sino a lo largo de toda su carrera. No es la primera vez que Pet Shop Boys escriben letras autorreferenciales o que hablen abiertamente de su relación de amor con la música. De Hit Music a Vocal, de DJ Culture a How I Learned To Hate Rock And Roll. El dúo siempre ha mostrado su rechazo al rock y en este tema insisten en ello (“Éramos jóvenes pero nos imaginábamos muy sofisticados / Diciendo a todo el mundo que sabíamos que el rock estaba sobrevalorado”). En realidad, cualquier persona puede identificarse con cada uno de los versos de esta pieza. Con todo, puede llevar a equívocos. Los londinenses pueden sonar (y son) nostálgicos, pero también hacen el esfuerzo por adaptarse a los tiempos modernos y apelar a jóvenes audiencias. Lo hicieron en 2006 con Fundamental y esos descarados coqueteos con Kompakt o en su anterior trabajo, Electric, que sabía coger las cualidades más eufóricas y musculosas de la EDM y trasladarlas a su lenguaje. Por ejemplo, en Twenty-something parece que Neil Tennant hable con su yo veinteañero a la vez que referencia tendencias modernas.

El único problema del disco acaso está en la elección de The Pop Kids como primer sencillo. Las expectativas depositadas eran demasiado altas y, aunque aquí la producción (de nuevo) de Stuart Price roza el sobresaliente por algún motivo no se consiguen los mismos resultados que Electric. Ese álbum parecía demasiado bueno para ser verdad. Rutilante, vertiginoso y hasta peligroso, excesivo siempre al borde del abismo. No es que en Super caigan al vacío, pero hay más sensación de descontrol, como en Inner Sanctum, lo más cerca que han estado a un tema makinero, o Undertow, que aunque sea un indiscutible banger no está a la altura de, por ejemplo, esa rutilante Axis. También repiten alguna serie de trucos. Por supuesto, está The Dictator Decides, la canción de turno con proclamas políticas (sí, Pet Shop Boys pueden parecer muy frívolos pero poca gente hay en el pop tan comprometida política y socialmente como ellos) en la que queremos creer que lanzar dardos envenenados a ese “demagogo” que es Donald Trump; esos habituales flirteos con el italo (Pazzo! es un divertidísimo desfase que ya desde que lo vimos en el tracklist supimos que iba a prometer mucho); o Happiness, que bien podría sonar en Berghain (de nuevo con la obsesión por la electrónica de baile teutona, de hecho, en parte este disco fue producido en Berlín). Incluso los temas menores o los menos eufóricos, si se quiere, como Sad Robot World tienen algo de chicha. Aquí optan por un sonido frío y minimalista, que es algo así como una mezcla entre las obsesiones mecánicas de Gary Numan y las atmósferas de los Röyksopp más taciturnos.

Algunos podrían pensar que Pet Shop Boys se repiten pero lo correcto sería decir que ellos son un género en sí mismo. Y, oye, que así sigan. Siempre se las apañan para sonar refrescantes con discos que ofrecen una estimulante mezcla de estilos. Genios de la melodía, letristas brillantes e insultantemente pegajosos. Podrían ser tus padres o incluso tus abuelos, pero sí, claro que se pueden autoproclamar los chicos del pop y ponerse modelitos estrambóticos sin hacer el ridículo. Escuchar la aniñada voz de Tennant siempre es un placer que nos devuelve a la juventud, a esos años dorados en los que no existían las preocupaciones y salíamos de fiesta todos los días de la semana.