Reducido a una parodia histérica del rapper billonario megalómano, convertido por decisión propia en un chimpancé de feria mediático con ínfulas, Kanye West ha conseguido lo imposible: derretir un legado musical alucinante al calor de un histrionismo provinciano que produce bochorno. No tiene sentido glosar aquí las incontables memeces que ha dicho y hecho el músico durante los turbulentos años que le han conducido de Yeezus a The Life of Pablo. Queden sus últimas escaramuzas en Twitter con Wiz Khalifa y el tuit de “Bill Cosby Innocent!” como ejemplos más frescos de sus dislates. Kanye West llevaba un tiempo empeñado en convertirse en el Sergio Ramos del hip hop.

En esta tesitura a priori irreversible, parecía que el Kanye diseñador de ropa para extras de Los Juegos del Hambre, el Kanye que interrumpe entregas de premios para dar la nota, el Kanye más contaminado por el nuevo Kanye, en suma, quedaría siempre muy por encima de sus nuevos discos. Con la publicación de Yeezus, una paja mental espantosa de la que cuesta recordar grandes momentos, comprobamos alarmados que el personaje había penetrado el sistema inmunitario de su música, inoculando también en sus partituras las dosis letales de imbecilidad del Ye estridente de los últimos años. Muchos le dimos por perdido también como músico.

Después del sonrojante show de presentación de su nueva colección de ropa en el Madison Square Garden –del que dimos buena cuenta en Beatburguer– y con Ye sometido a un tirón gravitatorio de fama que a nosotros nos aplastaría como gusanos en Mercurio, parecía imposible que el de Chicago pudiera centrarse en su nuevo material y retomara el camino de My Beautiful Dark Twisted Fantasy. Curiosamente, en plena turbulencia, con el haterismo por las nubes, con todas las miradas y las navajas albaceteñas puestas en su cogote, Kanye ha invocado fuerzas inesperadas que han aplastado las previsiones más agoreras y nos han devuelto destellos de un Ye (que no Yeezus) que parecía haberse quedado atrapado en los surcos de su primera trilogía. Efectivamente: The Life of Pablo es una puta locura.

No sé quién es Pablo. ¿Picasso? ¿Escobar? ¿Iglesias? Comienzo a pensar que el título se refiere a Pablow, el pez globo de Miley Cyrus, recientemente fallecido. Lo que debería hacernos temblar es que el octavo álbum de Ye es la vuelta de esa indescriptible excitación que producen los discos de hip hop forjados en los márgenes del espacio-tiempo musical. Esta vez sí, todas y cada una de las canciones del álbum pujan a dentelladas por un pedazo de eternidad. Lo mejor es que Kanye lo ha conseguido siendo más fiel que nunca a un marco sonoro reconocible, inequívocamente Ye. Sin hacer el monguer. Es como si hubiera vuelto a una artesanía mucho más cómoda, conservadora y reconocible, manejando con tiento y desde un nuevo estrato de sapiencia y habilidad los mismos elementos que le convirtieron en uno de los productores más visionarios del género. Parece que Kanye se ha cansado de crear nuevos personajes. Y se nota.

TLOP es un collage estilístico alucinante, con denominación de origen Ye: un trabajo enfermizo en la formación de tormentas de arreglos; alicatado con artesanía ultraterrenal en las descargas de R&B futurista sobreproducido, soul urbano tenebrista, trap épico y raps bipolares que van del ego trippin más irritante a las confesiones emocionales más profundas. Un trabajo de estudio esplendoroso y sin fisuras que alcanza en cortes como Waves su máxima expresividad.

La forma en que Kanye maneja todas estas variables es pura prestidigitación. La sensación de enormidad no decae en todo el tracklist. TLOP pone los pelos de punta de principio a fin, especialmente en momentos de épica contenida, como el mano a mano depresivo, confesional, con Frank Ocean en Wolves; como Highlights, un fascinante híbrido de disco y soul minimalista con Young Thug; como la increíble FML, con The Weeknd: cuatro minutos sobrecogedores de R&B luciferino, roto, desde el abismo. De hecho, comenzar el LP con un artefacto tan peligroso como Ultralight Beams, uno de los mejores temas de la trayectoria de Ye, es marcar terreno a lo loco. Kanye dice que TLOP es góspel, y en este corte reinventa radicalmente el género junto a Chance the Rapper, en cinco minutos magistrales de beats reptantes, bombos minimalistas y jazz narcótico: es una pieza perfecta, una obra maestra arrebatadora.

Los tracks más street son también de taconeo. Father Stretch My Hands Pt. 2, con el prometedor Desiigner, parece cromada en un agujero de gusano que une Chicago y Atlanta. Famous es también otro aniquilador de nucas: uno de los mejores Kanyes que recuerdo en años, inspiradísimo en la creación de sus raps biográficos, amparado por un colchón sonoro industrial, apocalíptico, con recadito a Taylor Swift, gorgorito de Rihanna, rescate de Nina Simone y una segunda parte donde el legendario sample de Bam Bam de Sister Nancy da pie a una nueva melodía que pone la carne de gallina; todo en una sola canción. Por otra parte, No More Parties in L.A., con Kendrick Lamar, es quizás su esfuerzo más clasicista, y por mucho que el hit se sostenga sobre un loop en modo repeat, suena como un maldito trueno pistero. No quiero olvidarme de Feedback, una serpiente cibernética, un track escurridizo, agresivo, con un Kanye rapeando con las entrañas. Y tampoco de Facts, un revés de graves acolchadísimos y sintetizadores atmosféricos que te deja sin aliento…

Definitivamente, los 18 cortes de The Life of Pablo se experimentan como una inmersión total, no hay un solo minuto en este descenso que invite al oyente a reconectarse a la realidad. No hay hitazos ultracomerciales, pero tampoco experimentos gratuitos. Sería una gilipollez discutir la grandiosidad de momentos como Ultralight Beams o Famous. Y también tildar de loco a Kanye cada vez que a partir de ahora se autoproclame Dios. Muy a mi pesar, los hechos le avalan: ha sacado un disco más grande que la vida.