Ahora que se empieza a hablar en serio del cansancio de mucha gente con respecto a las redes sociales, nos viene bien traer a colación el caso/ejemplo de Zomby, un hombre que consiguió generar a su alrededor una atención, y un posterior hartazgo insoportable, con su alter ego en internet. La cuenta de Zomby en Twitter, que sigue en activo pero que dejamos de seguir hace ya un tiempo porque acabamos hasta los cojones, era un agujero ponzoñoso tan dañino y adictivo como un menú Big Mac: sin descanso ni para respirar, tenía la mano suelta escribiendo sobre cualquier circunstancia a su alrededor, cualquier novedad nimia en su vida y, de paso, iniciar piques con otros artistas, trolear al personal y proferir toda clase de insultos. El Twitter de Zomby es significativo porque su incontinencia –disertando sobre ropa y champán, la gilipollez ajena y su propio autobombo– nos sirve como indicio valioso para explorar el abismo de su personalidad trastornada, que finalmente se refleja en su música. Es difícil entender a Zomby –un personaje del que se sigue desconociendo su identidad, casi diez años después de su debut en la escena electrónica británica con sus maxis en Ramp e Hyperdub– si no se pone por delante la circunstancia de que es un tipo egocéntrico, inseguro y con algún trastorno de déficit de atención, además de una vida a salto de mata con problemas con la justicia en el pasado. Como su psique, su música siempre ha sido incisiva, desestructurada, a medio hervir, pero precisamente por eso nos llamaba la atención. El suyo era el misterio de las cosas incompletas, que no responden al orden racional.

Si Aphex Twin o Burial –figuras periféricas o próximas a su estilo– nos gustan porque son la perfección de una forma compleja, densa y de gran profundidad, Zomby siempre ha fascinado por sabotearse deliberadamente, dejando buena parte de su música a medio terminar. Mientras otros hacían tracks, él producía esbozos que en su mayor parte abandonaba con la intuición de que cualquier añadido no supondría una mejora, sino un estropicio. Ahí está With Love (4AD, 2013), la esforzada continuación del ya de por sí interruptus Dedication (2011), su mejor obra todavía: dos discos, 33 cortes, prácticamente ninguno de ellos completamente acabado, como si se hubiera aburrido al poco de comenzar, como si una vez diseñado el esqueleto le diera igual la piel, el pelo y el músculo. Al principio de su carrera, cuando la sustancia estética de Zomby era una recreación arty del grime y de los breaks del rave de la vieja escuela, esta economía de medios y de minutaje no resultaba tan llamativa. Pero cuando empezó a trabajar en álbumes conceptuales, y a incrementar el ritmo de producción, algo olía a chamusquina: o el hombre tenía la capacidad de concentración de una oruga, o nos estaba tomando el pelo, echándole morro. También por eso, ningún disco suyo ha conseguido ser más importante que el personaje: ni la suma de los beats más fieros ni de los samples más angelicales era capaz de superar su actitud pendenciera, su bajeza moral o su actitud impresentable, que le había llevado a cancelar infinidad de apariciones en clubes y festivales.

Siendo Zomby un elemento tan desestabilizador, incongruente y de estilo tan desaseado, ¿por qué nos fascina? Porque cada subcultura necesita también su villano, y en la escena cerebral del dubstep (y el post-dubstep) Zomby era como el Eduardo Inda para Podemos. Pero incluso los malos no pueden ser malos toda la vida, ni nos gusta que sean los antagonistas, y este Ultra suena de entrada como un intento por parte de Zomby de afianzarse en una nueva coordenada sin abandonar sus intenciones de siempre. Desde hacía tres años no publicaba un nuevo álbum –lo último había sido un single con Wiley y los dos maxis de la serie Let’s Jam!!, carnaza para DJs–, y Ultra, que en latín significa ‘más allá’, está planteado como un avance de posición y un desarrollo de la complejidad. No es que a Zomby le haya dado por el barroquismo y por la estructura líquida, pero donde antes había esbozos de un minuto y medio, que tan pronto como empezaban se diluían como un azucarillo en agua, dejando sólo el silencio y una sensación de frustración, ahora hay piezas que tienen cinco minutos, seis minutos (¡incluso siete!, en su colaboración con Burial), y que dan la sensación de que, por una vez, Zomby se ha tomado la molestia de hacer ver que ha trabajado. Una sensación un tanto ilusoria, por cierto, porque la trampa consiste en que el esquema inicial, en vez de abortarlo a la primera, lo repite en bucle hasta que el track tiene el aspecto de track, y no de vomitona urgente. Aunque no sea un avance, al menos sí es una novedad, de modo que Ultra nos habla de un Zomby que busca cambiar.

Así pues, Ultra quiere ir más allá, aunque no queda claro adónde. Varias piezas son ejercicios de grime clásico, al estilo ‘eski’ –una caja, un bajo resonante, un eco metálico, como en Yeti, Freeze o Burst, que se van hasta quince años atrás para retomar el género allí donde lo arrancaron Wiley o Musical Mob–, y otras siguen el código estético del Zomby de siempre, el de Where we you in ‘92? (2008), como el jungle atmosférico y a la vez pedregoso al estilo Doc Scott de S.D.Y.F. –que no habría desentonado en el mini-LP Nothing de 2011–. Lejos de esos extremos, una vez más Zomby se consolida como un maestro de la abstracción onírica con textura rasposa, sacándole punta a unas bases que por una cara son suaves y por la otra parecen papel de lija: Ultra comienza con Reflection, que tiene mucho de base trap para ex aficionados al trance, como si fuera un Evian Christ hasta arriba de barbitúricos, y acaba con una nube de ambient, como si fuera un colocón que se disipa, en forma de Thaw. Entre medias, el contenido –tensiones, pinchazos, abruptas explosiones– es como el de un volcán apagado que estuviera amenazando catástrofe, una especie de post-dubstep psicodélico que, cuando samplea voces (Fly 2) hace que parezcan ecos lejanos de una fiesta epicúrea a ritmo de garage, o el vagabundeo sonámbulo por una ciudad a oscuras en Sweetz, esa colaboración con Burial que definitivamente sabe a poco.

Ultra, en general, sabe a poco, pero eso no es problema porque siempre ha sido la tónica con los discos de Zomby: había una descompensación entre la realidad y nuestros deseos, entre su desidia calculada y nuestras expectativas al alza. Cuando ya sabíamos de qué pie calzaba, supimos apreciar su minimalismo rácano, su magisterio en el dudoso arte del esbozo. Ahora que Zomby está por la labor de rellenar su música con más chicha, y de pasar del hueso pelado a la anorexia, tenemos que aprender a adaptarnos a su nuevo lenguaje. El regusto frustrante ahí sigue, como sigue la esperanza de que a la próxima será la vencida. Por supuesto, es un hijo de puta, pero al menos es nuestro hijo de puta, y lo queremos tanto como lo odiamos.