Once benditos días llevaban los fans más acérrimos de la diva de Barbados esperando en las puertas del Palau Sant Jordi de Barcelona. Todo por ver Esa Divina Silueta de cerca. En los minutos previos al arranque -después de que Big Sean disparase la temperatura y la energía cantando temas como Blessings o I don’t fuck with you (sin camiseta, regalando abdominales)- una se arrepiente de no haber pasado una semana a la solana en Montjuic, de no estar debajo de la pasarela transparente que cuelga sobre la pista y sobre la que ya sabes que los tacones de RiRi van a pasear en unos minutos, de no haberse autodespedido del trabajo y la rutina por un “casi-tocarle”.

45 minutos de retraso; primeros acordes de Stay sonando; ella apareciendo por un lateral ubicado a mitad de la pista; nuestros feelings más quinceañeros saliendo a relucir desde la grada. Con su outfit de color blanco subía a un pódium del que se alejaba a través de esa pasarela transparente e interpretando el gran temazo de Anti: Woo. Esta es, como ya dijo Óscar Broc en su crítica sobre el disco, una nueva Rihanna, alguien que parece estar cansada de su homónima anterior. Enfundada en su capucha y pisando como si quisiera reventar el elemento más llamativo de su recatada escenografía, se contonea por la pasarela mientras interpreta Sex With Me, movimientos sensuales pero que ya no pertenecen a una niña que quiere llamar la atención sino a una persona adulta que ha tomado conciencia de todo lo que puede ser capaz.

En algunos de sus videoclips (como We Found Love) ya pudimos ver que la interpretación no se le da mal, pero lo de ayer no tuvo nada que ver con eso. No se trataba de ningún videoclip, su expresividad facial venía de sentimientos mucho más creíbles. Sus gestos y sus bailes mientras cantaba Bitch Better Have My Money salían de un estado visceral, algo que no suele estar relacionado con la cultura mainstream (al menos de una forma verosímil). Frunciendo las comisuras de los labios hacia abajo, levantando la barbilla y poniendo las uñas en posición de tigresa en repetidas ocasiones a lo largo de su recital parecía decirnos que ya sabe dónde está y dónde se mueve y que lo tiene todo controlado. Pero ayer podía decirnos eso o que acababa de pillarse el Palau Sant Jordi por un puñado de millones de dólares, todo era factible.

Hace algunos meses dijo en su entrevista con NME sobre Taylor Swift: “In my mind she’s a role model, I’m completely not”, ayer nos explicó algo parecido pero con otro gesto, el de ponerse la mano en el tiro de los pantalones con esa actitud ordinario-elegante tan suya o -directamente- tocándose el chichi varias veces. Porque a Rihanna se le puede echar en cara que no haga hincapié en el tema del feminismo de manera explícita, pero hace lo que le sale de ahí precisamente y eso siempre es positivo.

Pasaban las once de la noche cuando ella misma nos advertía que era tiempo para la fiesta. Ronda de temas de lo más bailables con toda la escenografía dominada en absoluto por el color blanco, como si se tratase de cualquier discoteca de primera línea de playa. Rihanna, que ha vuelto a ubicar el dancehall en el circuito del nuevo pop, se marcó una versión de Man Down adaptada a estos nuevos ritmos que reflejaba a la perfección la evolución de la artista en este margen de tiempo. En este tramo aprovechaba para decir una frase que le alza definitivamente como Diosa: “el que no apoya no folla”. Pero más allá del guiño poligonero (que nos pirra), lo que viene a poner de manifiesto es que sólo ella es tan fácil de imaginar en el escenario de un Perreo 69 moviendo buyate botella de jager en mano y a la vez en un sofá de cuero blanco de cualquier ostentoso garito dando breves sorbos de gin tonic de su copa de balón. Ahí precisamente reside en buena medida la magia que rodea a Riri, en esa combinación de chabacanería y refinamiento que hizo que ayer entre el público congregado en una misma grada pudieran verse estilismos swagger from La Maquinista al lado de tacones altos, pedrería o trajes de chaqueta.

Con un final meloso centrado en baladas y con un recuerdo para Niza, Turquía y en general esta mierda de mundo en el que vivimos, el concierto de anoche nos mostró a una Rihanna con la que era imposible no quedarse absorto. Sus meneos en clave twerk, el ramalazo jamaicano de su voz en directo, su manera de llenar el escenario incluso cuando prescindía del elenco de bailarines y el Todo en general hicieron que más de una nos fuésemos de allí entendiendo a la perfección por qué desde los artistas más emergentes del rap hasta los seguidores más fieles de los 40 Principales le AMAN.