El CTM no es el festival más conocido de la capital, pero sí uno de los más apreciados por sus seguidores: aunque en su cartel hay espacio para nombres consagrados, uno de los alicientes es la gran cantidad de artistas y DJs noveles que forman parte de una programación que además pone un ojo en países que  apenas tienen representación en la mayoría de los festivales europeos. Por si fuera poco, el CTM puede presumir de tener un cartel compuesto casi al 50% por mujeres: no se han apuntado al carro del #metoo ni se trata de una  torpe estrategia de márketing para presumir en ruedas de prensa, sino de una filosofía que llevan varias ediciones poniendo en práctica.

En una edición dedicada a los disturbios y las convulsiones, a nadie debería sorprender que buena parte de los artistas invitados rompieran todo tipo de barreras, y Hanin Elias, encargada de programar una de las salas del club Ost  el primer fin de semana, decidió entregar una buena dosis de punk virulento. Nah puso a prueba los tímpanos del público con un set ruidista y catártico emparentado con grupo como Lightning Bolt facturado tan sólo con una batería y una caja de ruidos. Pero la revelación de la noche fue la de Naked: aunque el dúo tiene temas interesantes y prometedores (construidos con samples de ruidos de sexo y vómitos), la gran baza es su cantante, Agnes Gryczkowska: con el pecho vendado, envuelta en una red similar a la que se usa con la fruta, y con gomas quirúrgicas colgando de los brazos, epató al público con su presencia escénica: hay que seguirles la pista.

Mientras, en la pista de baile, DJ Occult, tiró de bass y techno para animar a un público que hasta entonces se había parapetado tímidamente tras los altavoces (mención aparte merece el soundsystem del club, del que se dice que es uno de los mejores de Europa y construido especialmente para ese espacio). Pero la estrella de la noche fue Jlin, que demostró que no en vano es uno de los grandes nombres del footwork llenando una sala a la que no dio tregua.

rashad-pan
Una de las sorpresas del festival fue la reivindicación del compositor y coreógrafo Ernest Berk. El alemán no sólo innovó con sus coreografías, sino con el uso de música electrónica que componía ad hoc, y parte de la cual se ha perdido para siempre. Para la ocasión, la compañía incluso revivió uno de sus “trances colectivos” en los que los bailarines, completamente desnudos, bailaban al ritmo de la música electrónica que él mismo pinchaba (si bien en esta ocasión las encargadas de llevar a este estado extático  a la compañía de baile fueron group A.  Acto seguido, Rashad Becker y Pan Daijing  ofrecieron un set de noise inspirado en la forma de componer de Berk: para cuando el dúo terminó, sólo quedaba en la sala la mitad del público, algo que rara vez sucede en Berlín (y no porque Pan Daijing no tenga fans en la ciudad: pese a tocar cuatro noches dentro del festival, cada noche colgó el cartel de vendido).

El homenaje a Berk no fue el único guiño a la danza en esta edición, y dedicaron espacio a tendencias más pegadas a la calle.  Five, dirigido por el neoyorquino Rashaad Newsome, exploró las raíces africanas de la escena de vogueing a través de la música: mientras los bailarines deslumbraban con todas las variantes existentes de vogue (femme, new, old), la orquesta encabezada por Mc. Princess Mami Precious y el barítono Justin Austin aunaban cantos cercanos al gospel con rimas improvisadas. El resultado fue arrollador, y el teatro, literalmente, se vino abajo con gritos y palmas animando a los bailarines.  A continuación, el coreógrafo Roderic George, acompañado de DJ Lotic, nos dejó a todos sin habla con la oscura  Embryogenesis en la que mezclaba danza clásica  y contemporánea con movimientos de baile urbanos para poner de manifiesto las barreras y prejuicios a los que se enfrentan los bailarines de color que optan por una formación clásica. Que ambas piezas se representaran tres noches y pese a todo hubiera gente que se quedase fuera da buena cuenta de la expectación que les rodeaba.

daf

Nadah El Shazly, que acaba de debutar, tuvo la nada fácil tarea de abrir para Lunch: sus letras, en árabe, son críticas con el sistema que le rodea, pero la mayoría de los allí presentes nos tuvimos que conformar con la cadencia hipnótica de sus canciones.  A continuación tomó el escenario Lydia Lunch acompañada de Mia Zabelka y Zahra Mani, que desataron la tormenta con un violín eléctrico, un bajo y el spoken word virulento de Lunch,que se cagó en Dios, en el hombre, reflexionó sobre el paso del tiempo, la muerte y de paso“rezó” porque, efectivamente, las mujeres sean el demonio. El teatro cayó rendido a los pies de Lunch, literalmente, y no, el público alemán no es de ovación fácil.  Otras viejas glorias que derrocharon carisma a raudales fueron DAF, que repasaron hits y pusieron a todos a bailar pogo enfurecido con Der Mussolini (imagen impagable: el público alemán saltando mientras gritan “Deutschland, Deutschland, alles ist vorbei”).

Aunque buena parte de la programación del CTM ha girado en torno a las convulsiones políticas, tampoco han querido dejar de lado la “cara B” de todos los movimientos sociales, y ha habido espacios y propuestas menos desasosegantes, como las de  Lucrecia Dalt o Holly Herndon. La primera construyó melodías hipnóticas de texturas escarpadas con sintetizadores y samplers en un concierto  sutil y cuidado al detalle que supuso una agradable ruptura con buena parte de lo visto hasta entonces. Holly Herndon, por su parte, presentó su nuevo “ensemble”, y dio uno de los conciertos más luminosos de la edición: aunque el acento del repertorio seguía puesto en la electrónica, los coros daban nueva vida a las canciones de Herndon, haciéndola aún más etérea.

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Berghain, como suele ser habitual, acogió los conciertos y sesiones menos acomodaticios, dedicando incluso toda una noche al hardcore techno con KABLAM, DJ Panic o The Darkraver. Mientras la sala principal estaba consagrada al bakalao, Laurel Halo ofrecía un set mucho más amable en Panorama: el suyo era uno de los nombres más esperados de la noche, y no decepcionó. Por el escenario de Berghain se dejaron caer también Bliss Signal (el proyecto de Mumdance y WIFE), que se presentaban por primera vez en la ciudad pero no terminaron de deslumbrar, y VIOLENCE, que puso en escena una propuesta mucho más interesante y arriesgada en la que no sólo jugaba con la identidad sexual, sino con los géneros musicales.

Apenas seis meses después de su desembarco en Berlín junto a Yung Beef y Tomasa del Real, Bad Gyal repetía en el escenario de Yaam en una noche consagrada al dancehall, el trap y el grime. Fue una noche en la que brillaron los jamaicanos Equiknoxx capitaneados por una carismática Shanique Marie, en la que el showcase del sello NUXXE hizo sudar a los asistentes con grime y garage exquisitos y en la que RoxXxan se perfiló como una de las voces a tener en cuenta. Por desgracia, Bad Gyal no puedo repetir el éxito de su primera visita a Berlín, y pese a ser uno de los platos fuertes de la noche, los problemas de sonido se cebaron con ella y con Fake Guido: tuvieron que interrumpir el set varias veces, y por más que Alba pedía que ajustaran los bajos o subieran la voz, el sonido jugó en su contra todo el tiempo. Bad Gyal trató de suplir las carencias técnicas perreando y poniendo buena cara, pero apenas media hora más tarde ambos dejaban el escenario con visible decepción. La sorpresa absoluta de la noche fueron Hitmakerchinx & DJ Aaron, tanto por la sesión de corte clásico a base de hip hop, dancehall y hasta hits como Mi Gente de J Balvin que se marcaron como por los bailarines que les acompañaban haciendo una demostración de “flex dance”: se metieron al público en el bolsillo y contagiaron las ganas de bailar y pasarlo bien.

Como cada año el festival echó el cierre con una fiesta de despedida  con sesiones a cargo de una buena colección de Djs locales (entre ellos Opium Hum, uno de los comisarios del festival) y varias exposiciones que aún pueden visitarse. Pero queda, sobre todo, la constatación de que el CTM es uno de los festivales más interesantes que se puede disfrutar ahora mismo, poco dispuesto a plegarse a modas y con los oídos muy abiertos.