De Jeff Mills se cuentan muchas y variadas leyendas que intentan explicar su origen misterioso. Para el mundo de la música electrónica él es como la Atlántida o el Triángulo de las Bermudas, como el Yeti y el mito de la Tierra Hueca: material que interesa por igual a los especialistas en artes arcanas como al público en general, porque lo único que tenemos por cierto es que, a diferencia de lo que sostiene la versión oficial, Mills no nació ni mucho menos en Detroit. ¡Por el amor de Azazoth, observad sus rasgos físicos! Mills dibuja una silueta insectoide, su cara es la de un extra alienígena en Starship Troopers, sus manos, con las que logra mezclas fulgurantes, parecen tentáculos. ¿No será acaso un descendiente del gran Cthulhu, que dormido espera en la ciudad sumergida de R’lyeh? ¿No habrá venido, por un casual, de alguna estrella lejana, como David Bowie? A Mills lo tenemos como un mensajero del techno, y es verdad, pero no menos cierto es que nos oculta algo importante: su pertenencia a una vieja estirpe legendaria, a una civilización llegada de alguna lejana galaxia, tragada hace eones por un agujero negro tan grande como el de Interstellar.

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Hagamos el ejercicio de verle pinchar. Mills retrae y extiende sus dedos como si fueran extensiones articuladas de una mano inconcebible, con una habilidad prensil perfecta para el scratch y para la mezcla al corte, y el calor de la palma de su mano convierte cualquier vinilo en papilla. Cuando encaja dos discos, lo hace con un ardor que transforma cada uno de los bombos en acero valyrio. Lleva años perfeccionando una técnica basada en la fuerza bruta y la habilidad de seda, un estilo de marca que –también lo cuenta la leyenda– perfeccionó en Detroit, a principios de la década de los 80, cuando se paseaba por las emisoras de radio con una tonelada de discos de funk, electro y hip hop y se hacía llamar The Wizard. ¿Pero quién nos puede asegurar que no heredó ese súper poder de una ancestral raza de dioses? ¿Quién podría no creer que Mills es como Kal-El, un emisario de una civilización extinta, llegado a nuestro planeta para hacer el bien?

Cuarto milenio

Jeff Mills, para quien no lo sepa, es un absoluto apasionado de la ciencia ficción. A diferencia de sus primeras producciones, las que publicaba en aquellos sellos posteriores a su marcha del colectivo Underground ResistancePurpose Maker primero, Axis más tarde; Axis era techno para la mente y la inteligencia, Purpose Maker era violencia física para el cuerpo–, su desarrollo musical en los últimos años ha pasado necesariamente por la publicación de discos conceptuales sobre viajes a otras galaxias, el misterio de la vida extraterrestre y la exploración de la materia oscura, abducciones alienígenas y sucesos catastróficos en la otra punta del cosmos. A Mills le apasionan la ufología y las ecuaciones de Drake, cada cierto tiempo se encierra en su salón privado para ver una copia en blu-ray de 2001. Una odisea del espacio, y sueña con conquistar los más alejados confines del espacio. Su música, y sus sesiones, tienen mucho que ver con esta idea: mientras los bombos colisionan como si fueran átomos revueltos en el interior de una estrella, cada set está planteado como un viaje fulgurante hacia el interior del infinito –el concepto más vertiginoso que puede imaginar nuestra mente–, con lo que deja en simples monos de feria a otros DJs de techno a los que sólo les interesa repartir caña y pinchar los hits del momento.
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Cuando empezó a moverse por Europa, a principios de la década de los 90, se decía de Mills que estaba más cerca de la figura del filósofo que de la del DJ: esto sigue siendo así, pues empapa cada una de sus apariciones en directo de sobriedad y trascendencia; para Mills nunca se trata de ‘poner’ música, ni de ‘hacer bailar’, ninguna de esas cosas frívolas son el motor de su trabajo. En cambio, siempre trae al frente conceptos como explorar nuestro interior, viajar, ejercitar las neuronas, sintonizar alma y cuerpo, descubrir lo inmanente. Cuestiones profundas que van dejando huella: quienes hayan visto a Mills en su época de mayor esplendor, de máxima irradiación de trascendencia y culteranismo con bombo a negras, tan rápido como un tren bala, saben que no estábamos en una pista de baile, sino en el vórtice de un tornado, en el mismo momento en el que un pequeño universo estaba haciendo su particular big bang.

Trucha interestelar

En realidad, hay dos Jeff Mills, y no hablamos del Mills extraterrestre y el aparentemente humano. Ya damos por hecho que el hombre del mechón blanco y facciones de mantis religiosa no es normal, y esta cuestión –más propia de J.J. Benítez, o de Expediente X– la dejaremos para otra ocasión. Está el Jeff Mills que pincha y el Jeff Mills que produce. El primero no ha cambiado mucho en estas últimas dos décadas: nuestro hombre tiene una técnica y un concepto muy matizados, inimitables para el resto de profesionales del sector, y con el tiempo la ha ido manteniendo sin apenas variaciones. Con tres platos, un arsenal de vinilos –la mayoría material propio– y a veces incluso una caja de ritmos Roland, Jeff Mills transforma cada sesión en una exhibición de poder técnico. Algunos detractores le echan en cara que no es preciso con sus mezclas, y esa impureza técnica tiene una explicación: un set de Mills es un despliegue de energía y el lapso de tiempo que tiene para urdir una mezcla al viejo estilo –o sea, colocando la aguja en el surco, modificando el pitch del plato, cuadrando el bombo y soltando el disco para empezar a ecualizar– es realmente corto. En esos momentos decisivos se pueden producir pequeños desajustes que Mills solventa con una fuerza incomparable. Siempre se puede responder a la horda de troles que pone en cuestión su perfección técnica con la vieja dialéctica del ‘hazlo tú, a ver si te sale’. Por otra parte, esa manera de actuar plantea un dilema: una vez has visto pinchar a Mills, ya sabes cómo será en la siguiente ocasión, y las ganas de repetir se van diluyendo hasta que finalmente te la suda todo un poco, y entonces decides no salir de casa y ver algo en Netflix. Pero no le podemos negar un altísimo valor conceptual a su obra: en vez de pasearlo por los clubes, pinchando para el ganado post-adolescente, a Mills habría que tenerlo como instalación permanente en un museo de arte moderno.

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Ya que ha salido el tema del público, un inciso. Mills es como la miel, que no está hecha para la boca del asno: se cree la gente que porque en su pasado ilustre y heroico fue uno de los pioneros del minimal techno, y más tarde uno de los diseñadores del techno duro, y uno de los hombres que cerraba cada año la pista más grande del Sónar de Noche, entonces es Mills una especie de ‘crowd pleaser’, de mono de feria habilidoso que tiene como misión complacer y entretener a las hordas hormonadas que vienen a verle con el brazo levantado y la mandíbula tensísima. ¡Herejes! ¡A la hoguera, infame turba! ¡Mal rayo os parta, botarates! [Perdonen, se ha colado Pérez-Reverte en medio del texto]. Mills, decíamos, no pincha sesiones, sino que oficia misas, no actúa en clubes, sino que desciende al plano terrenal para mostrarnos un camino de luz y verdad que nos lleva a un plano más perfecto de conciencia: es a la música electrónica lo que un texto de Kant, o una viñeta de El Roto, siempre certero. Él no mezcla música, sino que, como el Demiurgo de Platón, convierte las ideas puras en materia terrenal al alcance de las masas ciegas.

Por eso nos parece de un mal gusto terrible que todavía haya chavales de extrarradio, esos botiquines con piernas y cadena de oro, que le llamen ‘Yef Mails’, y que le pidan más caña. Entre el público de instintos bajos –y comportamiento más propio de una acémila– y nuestro Jeff Mills se han producido todo tipo de tensiones, ciertamente: mientras él intenta sintetizar la mezcla perfecta entre ferocidad racial de Underground Resistance, la concepción cósmica de Stephen Hawking, la alquimia de Fulcanelli y la arquitectura de Le Corbusier en una mezcla de dos tracks rugosos de techno de Detroit, ahí abajo suele haber gente que le pide más caña, que suba los beats por minuto; recuas de gañanes que, cuando las cosas no van como ellos quieren, se dedican a lanzar botellas de agua, como si fueran el público de Mestalla o los de Rodea el Congreso. Hace unos días, en Olías del Rey (Toledo), un envase de plástico impactó contra el pobre Mills, tan frágil y espiritual, y el hombre tuvo que interrumpir la sesión. No sabemos si sobreactuó al estilo Luis Suárez, tirándose por el suelo al más mínimo roce para llamar la atención, pero el caso es que su decisión fue la correcta: ante la mala educación, se exige desplante rotundo. No ha sido la primera vez: mi memoria frágil recuerda algo parecido en Barcelona, hace ya muchos años, cuando el techno estaba cambiando y mucha gente quería un show tronista a lo Sven Väth o el Richie Hawtin del flequillo rubio, en vez de la densa conceptualización metafísica de Mills con su Roland echando humo.

Rodajas de acero minimalista

Habíamos hablado de dos Jeff Mills, y a eso vamos. El otro Mills es el productor: un tipo ambicioso que, a la vez, ha decidido alejarse del circuito principal para trabajar según sus propias reglas, su lenguaje personal, sin prestar atención a lo que sucede a su alrededor. Esta decisión, en los 90, le llevó a transformar el techno: al salir de la disciplina de Underground Resistance y fundar Axis y Purpose Maker –su compañero de viaje inicial, Robert Hood, había hecho lo mismo con M-Plant, y de vez en cuando coincidía en el estudio, dando forma a lo que más tarde llamaríamos minimal techno–, Mills se planteó la música como una rodaja de ideas, como un destello de fuerza. Sus piezas eran repetitivas y sin adornos, bofetones de bombo y texturas ásperas que servían para poder mezclar a toda hostia y darle continuidad a la sesión; nunca se concibieron para escuchar cómodamente en casa –a pesar de que las dos recopilaciones de su material primitivo, Purpose Maker Compilation (1996) y The Other Day (1997), funcionan perfectamente como colecciones del mejor techno imaginable, con todos los clásicos de sus inicios, de Humana a Growth, de i9 a Sleeping Giants, de Alarms a Reverting, sin olvidarnos, por supuesto, del inmortal Voltereta, al que algunos inútiles llaman The Bells–.

Aquel era un Mills explorador, disonante y envolvente, un fabricante de aluminio líquido que le daba al techno un toque necesariamente metálico, primitivo y, a la vez, futurista sin límite. También fue de los primeros artistas en darle entidad al formato del DJ mix: Mix-Up vol. 2. LiveMix at Liquid Room, Tokyo (1996) y, más tarde, Exhibitionist (2004), forman parte de la leyenda de los mejores discos de sesión jamás grabados por un disc-jockey en la era previa al advenimiento del podcast y de la retransmisión en directo de Boiler Room. Habría que plantearse qué papel real ha jugado Jeff Mills en el techno desde entonces, o sea, en los últimos diez años, porque su situación ha sido delicada desde entonces. Por una parte, no ha vuelto a sorprender: sus sesiones se sostienen en un guion previsible y sus discos no aspiran a definir una nueva clase de techno, se quedan en el desarrollo de ideas y conceptos –vida extraterrestre, viajes espaciales, crónicas estelares, etcétera– que ya tenemos muy interiorizados y que, además, no siempre podemos pagar, ya que Mills se empeña en convertir muchos de sus discos en ediciones limitadas con packagings carísimos, como si en vez de metralla para el club quisiera insistir en que lo suyo es arte contemporáneo que debería vendernos un marchante, y no el dependiente de una tienda de vinilos. Mills se ha empeñado en darle estatus culto a su obra, y tampoco le vamos a culpar, a pesar de que a veces se pase con los precios –desde que se mudó a Japón, sus discos nos llegan a precio de importación y habría que tener tarjeta black para poder comprarlos todos– y se obsesione, a veces, en trabajar con orquestas sinfónicas para darle a sus piezas un tratamiento ‘clásico’ innecesario y, para qué negarlo, un poco esnob.

Todo esto, sin embargo, no ensombrece al mito. Dices Jeff Mills y las huestes del techno todavía se cuadran como un soldado ante un general. Mientras esos dedos largos y pringosos como patas de tarántula todavía funcionen, mientras la artrosis no le reste facultades, The Wizard permanecerá en el Olimpo de la música electrónica como un ser superior, al estilo Florentino: pionero e influyente, único e inimitable, tan cabezón que hasta resultará que tiene razón, digno en su porte artístico –el próximo que intente atentar contra él arrojando un envase de Font Vella (algo que también les ocurrió a Orbital en el festival de Benicàssim de 1996, cuando los indies se escandalizaban por la mancilla que el techno imprimía en el feudo del noise-pop) que se atenga a las consecuencias–, e insobornable hasta la muerte. Mientras otros se sirven del negocio del techno para drogarse, follar, beber champán caro, viajar a destinos asiáticos y ahorrar millones, Mills está aquí para iluminarnos, para construir una civilización avanzada, a imagen de aquella de la que, hace ya muchos años, llegó en un viaje espacial intergaláctico para predicarnos el evangelio del techno. Está claro que Mills no es de Detroit, ni tampoco humano; es un extraterrestre con una misión, y la verdad, cómo no, está ahí fuera.