Cuando nos preguntan si preferimos a aquel Richie Hawtin rapado de hace unos años antes que a este Hawtin de ahora, luminoso y veraniego con su flequillo dorado, nos pasa como cuando nos dan a elegir entre papá y mamá: que no hay posibilidad de debate, que nos gustan los dos, pues aunque son caras distintas de una misma moneda –una más de hierro oxidado, otra de plástico endurecido–, Richie nos han proporcionado noches incomparables de placer, poderosos orgasmos de bombo, caja, y loops asesinos. Hawtin ha ido cambiando con los años, en el físico y en el lenguaje, en los ingresos por el trabajo y en su gestualidad, pero hay un hilo conductor que no se ha erosionado en sus dos décadas y media de trabajo: el techno como religión, el techno como forma de vida. De él podremos decir todo lo malo que queramos –que se parece al periodista Pepe Oneto, que algún día le dará una miaja de apechusque, o que ya no hace música que merezca la pena, y que cada cierto tiempo da el cante en Ibiza transformando una sesión suya en un circo–, pero él siempre tiene argumentos para llevarnos al otro lado y convencernos de que sigue siendo dios. Vamos allá.

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El Richie afeitado era a Detroit lo que Iniesta al fútbol: un monje shaolín en permanente estado de concentración, dedicado a la excelencia de su arte, letal en cada uno de sus movimientos y nunca distraído por tonterías. Si Iniesta tiene dos virtudes esenciales –pase y desborde, sumado a una inteligente visión del juego–, Hawtin tenía también dos habilidades únicas: caudal lisérgico y habilidad con la mezcla. No estaba para otra clase de mierdas: ni drogas ni tatuajes, ni adornos corporales ni placeres al margen del estudio de grabación y las horas de trabajo en el club. Hawtin creía en la fe del techno, y el techno había que tomárselo en serio, había que construirlo sin fisuras. Aquel Richie con gafas de pasta, cráneo señorial y gesto altivo en la mirada no se sentía un simple entretenimiento, sino un artista con una misión importante. Podía ocurrirle que la noche le confundiera, como a Dinio –aquel cubano de rabo gordísimo que acabó haciendo porno tras acostarse con Maruja Díaz–, pero sólo en la misma proporción en que a Iniesta le distrae la estética: a veces se ha hecho un peinado mohicano, pero no es la cresta de Neymar, es poca cosa, lo importante sigue siendo alcanzar una meta estética.

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Aquel Hawtin de los 90

Era cuando Hawtin utilizaba diferentes seudónimos, como Circuit Breaker, Robotman o, por encima de todos ellos, Plastikman, y su techno era un chorreo de ácido y futuro. Se había convertido ya en un héroe temprano del minimalismo: con un par de sintes, la 303 y una caja de ritmos -es decir, muy poca cosa, sin adornos-, Hawtin se ponía a hacer música que sonaba como una micción abundante a primera hora de la mañana, sucia y caudalosa, con mucho poder de desintegración (sobre todo si hablamos de neuronas). El ejemplo clave sigue siendo Spastik, un chorrazo de TR-808 que se te enrosca al cuello como una pitón en una selva, te asfixia, te levanta por los aires y luego te deja ahí tirado, sin aire.

En aquel entonces, Hawtin era el bicho raro de la escena periférica de Detroit: un blanco que no tenía ni el glamour afroamericano de clase media de Derrick May ni el lenguaje cósmico y batallador de Underground Resistance, un pijo canadiense que intentaba explicarle a los ‘innovators’ del techno cómo había que hacer las cosas de verdad. No cayó bien entre la comunidad en la que se quiso integrar, pero formó una nueva familia alrededor de renegados blancos con muchas horas de rave a sus espaldas, y tanto Plus 8 –su sello– como Plastikman –su alias– sirvieron como ejemplo de que el techno no era una cosa sólo para el gueto, sólo para una minoría conservadora negra, sino que era ya un lenguaje universal. A partir de diferentes azares –experiencias con el LSD, una prohibición para entrar en territorio norteamericano durante más de un año, comprensión del lenguaje abstracto de la pintura, viajes a Europa–, aquel Hawtin rasurado, cultureta y miope sentó las bases del techno del futuro: reducido hasta la misma esencia, dejado en los huesos, duro como el hierro, una experiencia mental que influía en la mecánica del cuerpo colectivo. Algunas de las sesiones que le vimos –la mejor de todas, en Sónar 99, un viernes de madrugada– eran prodigiosas: el tipo soltaba la apisonadora, seleccionaba un techno neuronal acojonante, y te machacaba el cuerpo y el cerebro con los bombos del futuro. Se impuso en el momento de dominio máximo del hard techno y vaticinó, con varios años de antelación, el auge del minimalismo.

De repente, un día Hawtin apareció con el aspecto cambiado. Antes había transformado su lenguaje: fue de los primeros DJs que entendieron que el vinilo iba a desaparecer –al menos en las maletas de los profesionales; las colecciones particulares eran un tema diferente– y que el futuro de la mezcla pasaba por el ordenador portátil. Había sido embajador de FinalScratch, un software de mezcla que permitía manejar cientos de ficheros de audio y que al cabo de pocos años fue superado por un programa mucho más estable y flexible, el conocido Serato. Mientras otros DJs se planteaban cambiar el vinilo por el CD, Hawtin se planteaba dejar toda la música física y llevar cantidades ingentes de gigas en el disco duro. Esa pudo haber sido su gran aportación al techno del siglo XXI, pero nos equivocábamos: aún teníamos que admirar su flequillo.

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El flequillo

Cuando Hawtin se dejó crecer el pelo –pensábamos que no tenía, pero resultaba que sí, que era rubio, y además de raíz fuerte–, todo había cambiado en él. Del monje sobrio había pasado a ser una bestia con hábitos veraniegos y muchas ganas de salir de noche. Del hombre con gafas de pasta, de aspecto intelectual, habíamos pasado a un hippy con lentillas. De la ropa austera diseñada por sastres belgas habíamos pasado al pecho depilado, las bermudas y la camiseta raída. En definitiva, de Nueva York y la civilización habíamos pasado a Berlín e Ibiza, las dos mecas modernas de la fiesta ininterrumpida. Hawtin ha explicado varias veces que su transformación física fue fruto de una evolución mental: sintió que había pasado demasiado tiempo concentrado en cuestiones profesionales, atado a una relación sentimental muy exigente, tomándose la vida muy en serio, y tras un periodo de crisis, ruptura y reflexión, decidió cambiar: cambiar de enfoque, cambiar de objetivos, y por supuesto cambiar de imagen. Si a las mujeres se les permite cortarse el pelo y teñírselo después de haberse divorciado, a Hawtin había que permitirle que se nos mostrara como una bestia de los afters, con el cabello rubio y un peinado de moda.

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El pelo no era nuevo, no lo había inventado él. Era el peinado de moda en Berlín. Era el peinado que llevaba Sven Väth, lo que en petit comité siempre llamamos ‘flequillos nazis’. Aquello daba pie a mucho comentario, pero no fue eso lo importante, sino la evolución personal. A principios de la década pasada, Hawtin era todavía el rey incuestionable del techno de vanguardia: venía de inventarse la sesión-collage con la serie DE9 -tres discos de sesión, Decks, EFX & 909, DE9: Closer to the Edit y DE9: Transitions, que son algunas de las experiencias más alucinantes que ha permitido el techno enlatado en toda su historia, rompecabezas que sólo eran posibles exprimiendo al máximo las herramientas digitales de mezcla al servicio del DJ-, pero sobre todo había firmado su obra maestra incuestionable, el álbum Closer (2003), el último gran momento del proyecto Plastikman. Hecho todo esto, su siguiente paso fue empezar a construir a su alrededor una nueva familia. Si la de los 90 giraba alrededor de Plus 8 y de sus amigos de Detroit, la de M_nus estaba organizada para integrar a sus amigos de Berlín: Magda, Marc Houle, Troy Pierce, más tarde Ricardo Villalobos –que no ha sido artista M_nus, pero que ha pillado tremendos ciegos en su compañía–. En Berlín ya no había que imponerse a una tropa de negros con muchos humos, sino que bastaba con integrarse en su red de clubes abiertos las 24 horas, saltando de after en after y encontrando el punto de conexión entre los nuevos lanzamientos discográficos de una industria que estaba en su último gran boom y las nuevas drogas de uso extendido en la capital alemana. Era la época de la ketamina pero también la de la molly: todo el mundo se quedaba tirado por los suelos, intentando no caer en el agujero, y todo el mundo mojaba el dedo en la bolsita, según el momento de la noche. Eran felices en su Arcadia.
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Caída y resurrección

Cuanto más avanzaba la década, más bajaba el rendimiento ‘de calidad’ de Hawtin. Sería injusto negar que ha currado como un cabrón: hubo un momento en que cada nuevo lanzamiento de M_nus –con esa producción híper comprimida, y esos bombos que parecían como de goma dura– era un acontecimiento importante, y todas sus temporadas en Ibiza iban funcionando. Se esforzaba como nadie en seguir encontrando los nexos entre tecnología de la información y tecnología musical, inventándose conceptos –como aquel The Cube que trajo una vez al Sónar– que buscaban envolver sus fiestorros con un toque moderno e intelectual. Pero poco a poco se iba echando algo de menos: aquel poder de transformación de la música en sí, su capacidad de reinventarse, de revolucionar el techno y de llevarlo al mismo nivel. Hawtin ya no era un visionario, sino un líder de la manada: con su flequillo y con sus ciegos, era el que partía la pana en la escena, pero el mejor techno ya se estaba haciendo en otras partes. Lo hacía Matthew Dear en Ann Arbor o lo hacían Echospace en Detroit, o directamente lo reinventaban Regis y Surgeon en las puertas del infierno. Richie ya no se distinguía por la precisión de sus discos, sino por su habilidad con el márketing, el color de sus camisetas y la abundancia de pelos en el sobaco.

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Entonces, lo intentó con EX (2014), un nuevo disco de Plastikman más de diez años después de Closer. Nos quedamos fríos: alguien que había sido un apóstol de la tecnología punta presentaba un disco que podría haber estado producido por cualquier chaval italiano de 19 años. Le faltaba no sólo chicha y carácter, sino también un punto de distinción, un rastro de progreso. Eso no impedía que cualquier aparición pública suya fuera un acontecimiento, que vendiera tickets, que le respetáramos y le amáramos como si fuera el Prince del techno, o sea, una gloria lejos de su mejor momento, pero con el carisma intacto. Era ver en la lejanía el oro capilar de Richie, sus brazos venosos y su figura enclenque, y lo mínimo que queríamos hacer era arrodillarnos a su paso, hacerle una reverencia –he dicho una reverencia– con la cabeza baja, darle las gracias por existir. Pero sabíamos que nos debía una, que ese largo periodo de transformaciones, de traumáticos cambios de imagen y de ética profesional –habíamos pasado del Hawtin que parecía un químico, mezclando discos en la cabina como si fueran material explosivo, al Hawtin que de vez en cuando pillaba el ciego en Ibiza, o en Miami, y llenaba la cabina de suripantas, hacía stage diving, regalaba reproductores de CD, le echaban a patadas de los sitios por ‘liarla’ o arrojaba monitores contra las groupies pelmazas–, y que todo eso lo olvidaríamos cuando publicara un disco que nos dejara, como si fuéramos Villalobos a las 11 de la mañana en un after, con la mandíbula colgando. Para disimular, se metía en aventuras culturales como promocionar un bar de sake para sus fiestas ibicencas, ENTER, y a la que te despistabas hasta recibía un doctorado honoris causa -como los que le daban a Mario Conde- por la universidad de Huddesfield. Aún no se sabe por qué.

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Esa deuda pendiente era From My Mind to Yours (2015), un doble CD en el que el nuevo Hawtin se rasuraba (virtualmente) la cabeza, recuperaba el viejo equipo, y con el conocimiento adquirido hasta hoy, se ponía hacer música como la de ayer; techno con brochazos ácidos, con irrupciones volcánicas y desarrollos largos, techno que crujía como el tocino asado y se lanzaba en estampida, techno analógico y crudo. Volvía el viejo Plastikman sin dejar de ser el Richie con el flequillo de Pepe Oneto, y en ese momento se disiparon las dudas: cuando él quisiera, podría volver. ¿Hawtin calvo o Hawtin fiestero? Nunca hizo falta elegir: tanto el uno como el otro son dios.