Como ocurría con los héroes de la Antigüedad, y como sigue pasando a día de hoy con todos los grandes hombres envueltos en un aura de misterio y virilidad, sobre Marco Carola han circulado –y siguen circulando– todo tipo de leyendas que nos hablan de un ser casi divino, de un Aquiles del techno. Por su aspecto firme y perfilado, tan recto en los ángulos de su faz y tan marmóreo en la musculatura de su pecho, hay quien cree que es hijo del Olimpo, un Ares –o, dicho en latín, un Marte, el dios de la guerra– con mesa Pioneer y vinilos trucheros capaces de convertir cualquier club en un campo de batalla. También se ha dicho de él que acompaña a Dionisos en sus correrías hedonistas hasta fundirse con la blanca línea del horizonte, y que a la vez es tanto su control en los momentos de la verdad que, manteniendo fría la calma cuando produce y pincha, hay quien le confunde con un avatar terrenal de Apolo, divinidad solar y de la razón dotado, por otra parte, de un cuerpo fuerte y perfecto. Y es por ello que a Carola, napolitano como Maradona, pero más italiano que Berlusconi, y que no en vano es descendiente directo de los emperadores de Roma, se le describe siempre con un adjetivo infalible: apolíneo.

Ave, Marco

En esta columna hablamos de los dioses del techno, pero el apolíneo Carola no responde a esa categoría en su denominación metafórica, sino en la literal, pues es de entre todos sus colegas quien más ha hecho por merecer un busto de mármol, unas hojas de acanto y un báculo en su mano. A Carola no le corresponde el rayo, como a Júpiter, porque su manera de freír cerebros es lenta y concienzuda, nunca producto de un arrebato de furia –en eso se diferencia de Chris Liebing, por ejemplo–, pero sí es fácil imaginarlo con un martillo dando golpes, ya sea para construir tecnología o para machacar voluntades. Tampoco es que sea Jeff Mills, o Richie Hawtin, apóstoles de la tecnología y el futurismo, ya que Carola es algo más tosco, pero eso no significa que sea un troglodita ruidoso; incluso cuando reparte leña, lo hace con tacto de seda. Así pues, durante casi dos décadas de imperio en el techno europeo, primero como avanzadilla italiana de la moda hard, y más tarde como reconvertido al minimal con aplomo, Carola no ha modificado en lo esencial su ética, que es la de deleitar golpeando. Entiende el techno como un experiencia física, y raras son las veces –como excepción estarían cortes como Highview– en las que se escapa por paisajes de ciencia ficción o se retira a reposar en los nemorosos pastos verdes, a la orilla de las cristalinas aguas de un arroyo fresco, del ambient galáctico al estilo Detroit. A Carola dadle dos platos y, a diferencia de DJ Spooky, que construía universos, él os diseñará un infierno.

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En esta columna, por supuesto, hablaremos del Carola de leyenda: ese al que muchos identifican con Príapo, dios de la fertilidad con características físicas propias del equino, o con Zeus, rijoso padre celestial que, cuando no estaba ocupándose en sus asuntos importantes, mataba el tiempo de relax persiguiendo y raptando ninfas, y no diremos nada de los resultados de aquellos excesos, ora áureos, ora taurinos, porque ya está todo en Ovidio, y mejor que él no lo ha explicado nadie. Pero antes de abordar el mito y delimitar los atributos del dios, es conveniente hablar del hombre. Porque hoy nadie discute el poderío de Carola, un ser omnipotente en el techno, al que le faltan días a la semana para cumplir con todos sus compromisos como DJ, remixer, productor, empresario y, si se diera el caso, incluso gigoló en tanga que surge, aceitoso y edulcorado, del interior de una tarta en despedidas de soltera. Y aún así, hubo una época en la que Carola, como los generales victoriosos que regresaban a la ciudad eterna a brindar sus conquistas al César, sabía que era mortal.

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El resurgimiento del imperio romano

Hacia 1998, el techno italiano empieza a formar un frente unido en una Europa electrónica que, en sus extremos de dureza, estaba dominada por alemanes y holandeses. Fue una invasión a la inversa: si en la Antigüedad fue Roma la que sucumbió ante el empuje de las hordas bárbaras germánicas, aquellos hunos y vándalos que ahora se reúnen alrededor de clubes como Berghain (y antes en Tresor), el empuje itálico, comandado por fornidos guerreros como Gaetano Parisio, Rino Cerrone y aquel tipo con nombre de actor porno, Danilo Vigorito, ya estaban avisando de que las intenciones de esta gente no eran únicamente las de conquistar territorio clubber, sino también las de quemar cosechas y aprehender doncellas. Y poco a poco fue produciéndose el avance: Marco Carola contaba con su propia plataforma, One Thousand Records, un sello que fue despachando unos 12”s enérgicos con los que iba tomando forma una nueva evolución en el techno duro europeo –en otros rincones del continente hacían lo mismo Ben Sims, Oliver Ho y Adam Beyer, los cuatro jinetes del apocalipsis trocotró, de la conga y el bombo seco–, mientras que en una segunda fase tomó el relevo Zenit, un segundo sello en el que también participaba Corrado Izzo, italiano exiliado en Alemania y, por lo que se cuenta, un hombre de poco fiar, de esos a los que sus artistas no tenían en gran estima por un quítame allá unas pesetas, y que coincidió con la etapa de mayor prestigio de Carola. Cuando el hard techno había ganado temporalmente la partida, no había más cera que la que ardía en sus manos callosas. Cuando subía a pinchar, el público salía con la lengua fuera: mezclas con precisión, ecualizaciones enloquecedoras, ni un segundo de respiro, matraca implacable, un bombardeo de la mente. Y luego se iba la gente a su casa, a recomponer las neuronas o a pajarear, y Carola se volvía al hotel, gallardo y generalmente bien escoltado, a esperar a que saliera el sol.

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Nada ha cambiado en este aspecto. Ya sea en Ibiza o en el Aquasella, en una rave de verano o en un club del interior de los Apeninos, de after o de madrugada, con sus amigos de M_nus o sufriendo la pavorosa soledad del DJ profesional con demasiados compromisos, Marco Carola se ha mantenido fiel a una ética de trabajo y de ocio. Su vocación es el techno –que él entiende como una disciplina casi monacal, una materia pétrea y poco dada al experimento, porque de lo que se trata es de que el público disfrute con el dolor–, y su recompensa es su particular interpretación de la ética de Epicuro, textos con los que ha diseñado sus momentos de ocio y sus relaciones personales fuera de la cabina. Ahora que parece que Rocco Siffredi, el rey del porno italiano, se ha retirado definitivamente de la actuación delante de las cámaras, alguien tiene que tomar el relevo y mantener el prestigio de los grandes machos transalpinos: el país vecino, la península de la bota, siempre ha sido un espacio de prestigio en lo amoroso, y sabemos que en ese aspecto podemos confiar en Carola. A los mandos de la mesa, es un pánzer; en las distancias cortas, un Adonis.

Mitos y leyendas

Por eso decimos que circulan leyendas que bordean el mito, y al ser más materia de poetas, no entraremos en ese particular. Alguien vendrá que explique la historia completa del último titán de la raza humana, que como aquellos duques del Renacimiento florentino (de Florencia, no de Pérez) se aplicaban en las artes de la pluma –pluma de la almohada, no pluma de la otra acera– y de la espada, mientras esquivaban la libación del veneno en las copas de oro. Los venenos que consume Carola –en generosas prescripciones, además, según se dice– son otros: son los venenos de los placeres y de los amaneceres, de la buena mesa y la buena vida. Alguien dirá que, a pesar de haberse levantado en la escena techno como un guerrero homérico –un nuevo Héctor, un Odiseo o un Áyax, o incluso un Eneas que huyera, no de Troya en llamas, sino de Detroit en aluminosis, para fundar un nuevo imperio electrónico en Italia, a costa de aquellos etruscos llamados Lory D y Leo Anibaldi–, algo parece fallar en la fachada imperial de Marco Carola.

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Es cierto: ni su pecho presenta la robustez de sus mejores días, ahora con signos de flaccidez donde antaño sólo hubo acero elástico, ni su cabeza puede mostrarse tan egregia –hoy conquistada por la alopecia– como en sus mejores días capilares. Aunque a diferencia del emperador Domiciano, que se hacía esculpir estatuas con peluca para disimular su falta de pelo, que tanto lo avergonzaba, Marco Carola ha preferido afrontar el asunto como lo hiciera Julio César, que a falta de coronilla tupida prefería ponerse una corona de laurel, que a la vez que disimulaba la calvicie aportaba perfil regio. Carola, cada noche, se coloca los cascos y pincha hasta fracturar las piernas de su público. Un titán en la guerra del 4×4 y un insaciable degustador de placeres cuando, finalizada su conquista, se tiende en el triclinio y, como un Nerón depravado, se abandona al vino, las perdices y los higos. Cuando seamos mayores, queremos ser como él: víctores, incólumes, eréctiles, siempre apolíneos.