Me permitirán utilizar la primera persona, pero aún tengo en la mente Eden y estoy muy nostálgico. El 3 de noviembre de 2012 recuerdo borrosamente mi primera vez con Disclosure en el Pitchfork Festival de París (no es por vacilar, muchos sólo tuvieron que desplazarse al extrarradio barcelonés para verles en ARTeNOU cinco meses antes). Tenían tan solo tres bazas, pero vaya tres. Primero la muy deep y sensual “Boiling” con Sinead Harnett, luego su “Latch” junto a Sam Smith, que les puso en el mapa, y finalmente el remix de “Running” de Jessie Ware, a la que también pude ver un día antes en el mismo sitio. El caso es que es que estaba engoriladísimo con este dúo, como supongo que le pasó a mucha gente por aquel entonces. Los veía como una de las grandes esperanzas de la electrónica, con un amor que parecía puro hacia el house más puro y el UK garage. Sus siguientes pasos no hicieron más que darnos la razón a los que estábamos del lado de los hermanos Lawrence, porque desde el principio también había haters, unos tipos avanzados a su tiempo, que fruncieron el ceño al ver a dos chavalines rendir tributo a un sonido que no vivieron, como unos impostores que pronto nos la iban a meter doblada. Lanzaron “White Noise” que, coño, es ponérsela de nuevo y entender cómo te ponía tan burro cada vez que la escuchabas. Los ingleses sabían de quien rodearse a la hora de poner voz a sus canciones, y en su álbum de debut se llevaron al estudio toda una serie de invitados como la propia Ware, London Grammar, Jamie Woon y muchísimos más. Era todo una buena radiografía de lo que se cocía en la escena de baile británica en todos sus estilos, desde la electrónica más indie al R&B pasando por el soul-pop. Entonces, ¿qué ha ocurrido desde ese noviembre de 2012 hasta la semana pasada, cuando salió a la venta el segundo largo del dúo, Caracal, para que les tengamos tanta tirria? Ahí vamos.

 

Esos 14 temas de Settle y todas las cualidades de Disclosure juntas y en unión

Settle, como decíamos antes, venía a reunir todas las cualidades que les veíamos en Disclosure. Los hermanos hilvanaron un disco de 14 temas, sí, 14, en los que no había absolutamente nada de relleno, ningún momento en el que quisieses saltar a la siguiente canción. Nos presentaron, si es que no los conocíamos ya, a unos vocalistas de lo más interesantes, haciéndonos creer una vez más en el poder del house a la vez que nos recordaban a Leftfield y The Chemical Brothers, grupos que en los 90 iniciaron esta táctica de combinar electrónica con pop mediante cantantes de reconocido prestigio. Además, los dos apenas superaban la mayoría de edad, algo que volvía a demostrar que la precocidad siempre ha estado ligada con la música de baile, primero con Carl Craig y Ron Trent y más recientemente con Happa o Nathan Fake. El caso es que sí, lo petaron, y nos alegramos de ello. Nos gustaba ver como congregaban a masas en festivales indies como el Primavera Sound, volver a escuchar house en grandes y abiertos recintos. Pero conforme iban creciendo (un año después lanzaron una nueva versión de “F For You” con Mary J. Blige, una artista totalmente respetable pero muy mainstream y poco underground) nosotros íbamos perdiendo el interés en ellos.

Cuando se anunció su segundo disco hace unos pocos meses no nos excitamos precisamente. Parecía como si llegase demasiado pronto, ya nos habíamos hinchado de escucharlos y en PMR Records y otros lados habían aparecido toda una serie de artistas que más o menos emulaban su sonido. El primer avance, la muy ghetto house “Bang That” dejó algo frío, pero paradójicamente se acabó convirtiendo en la mejor del álbum, eso sí, relegada a categoría de bonus track incomprensiblemente. Era normal esa respuesta tibia en ese momento, pues de ellos sólo habíamos escuchado excelentes canciones, nunca habían bajado al notable. Pero también lo es que ahora nos guste tanto si la comparamos con el resto de “Caracal”.

 

El nuevo disco y sus dos problemas bien gordos (y pesados)

En el álbum hay dos problemas muy gordos. Primero, una estrategia de promoción agotadora similar a la de otras superestrellas de la música como Daft Punk o Arcade Fire. No había una puta semana en la que no se hablase de ellos, no se anunciase un nuevo invitado, no se avanzase otro tema. Y en este septiembre que por fin hemos dejado la cosa ya ha sido para decir, “mira, iros a tomar por culo”. Echad un vistazo en Pitchfork y comprobad cuánto se ha escrito de ellos. Cuando Caracal salió a la venta el pasado viernes nos conocíamos de pe a pa casi todas las canciones, y las que no, las pudimos escuchar en un minimix. El segundo fallo es su sonido. A ver, un LP con The Weeknd, Miguel, Lorde, Gregory Porter y savias nuevas como Lion Babe, Nao y Kwabs no se escucha cada día. Pero lo que sacan de ellos es más bien poco.

Como si pensasen que por la vía del house más clásico y el UK garage no se fueran a llenar sus bolsillos, renunciaron a ese sonido que les puso en la cresta de la ola para entregarse a unos estilos más facilones que llegasen a las masas por la vía rápida, como en la cola de speedy boarding que ahora seguro que siempre toman los ingleses para ir de ciudad en ciudad, ofrecer el bolo sin mucho esfuerzo, poner a la peña del revés y girar la mano hacia detrás para cobrar la panoja. Con esa serie de nombres puedes sacar magia. Miguel, por ejemplo, es uno de los artistas R&B más destacados del momento y su reciente álbum, “Wildheart”, tiene un puesto asegurado en lo más alto de las listas de lo mejor del año. The Weeknd es el claro ejemplo de que se puede renunciar al underground y convertirse en un engranaje más de la maquinaria mainstream sin perder excesivamente el interés de sus primeros fans tal y como explicamos en la crítica de su segundo largo, “Beauty Behind The Madness”. Pero todo son como descartes ya no de Disclosure, sino de los invitados. Sus temas con los dos recién citados no tienen ni un ápice de la calidad que sí demuestran por su cuenta. Disponen a Tesfaye, el mejor heredero del Michael Jackson época “Thriller”, y no le sacan un pelotazo bailable como sí lo es “Can’t Feel My Face”. Llaman a Lion Babe, que muchos han tildado como los AlunaGeorge americanos, y no repiten el éxito de “White Noise”.

 

En resumen: Disclosure suenan a lo que pudo ser y no fue

Sabemos que esa táctica de dibujar las siluetas en los invitados ya la utilizaban antes, pero ahora cobra un nuevo sentido. Es como si los utilizasen para convertirlos en un mero producto, en un vehículo para colarse en las listas de éxitos. Disclosure son una marca y eso no debería ser ningún problema, como tampoco lo es querer ser comercial o moverse hacia sonidos más cálidos como el pop y el R&B, pero hay marcas y marcas. Puedes ser Apple y revolucionar la historia de la tecnología o Hacendado y servir para un único propósito, saciar las necesidades de los consumidores rápidamente y si te he visto no me acuerdo. Ya está, lo habéis conseguido, ya estáis en las listas de Billboard, fuisteis hace unos días uno de los grandes reclamos del festival que se ha montado Apple Music, pero a diferencia de otros artistas que lo petan ahí (Florence + The Machine o el propio The Weeknd) vosotros no dejareis ninguna huella. Vuestras nuevas higiénicas canciones nunca sonarían en una de esas fiestas o rave de principios de los 90 en las que tanto os hubiese gustado estar. Habéis preferido las salas VIP. Habéis dado la razón a los haters.