Vas andando un día por la calle y ves a una anciana llorando desconsolada. ”Eso seguro que es consecuencia de una orden de desahucio, la muerte de su yorkshire o la caída de una ahijada en el necio abismo del emprendurizaje”, priorizas rápido por ese orden a la hora de buscar una explicación. Pues no, mira. A esa pobre mujer lo que le aqueja, lo que le parte el alma, es tener un zagal fanático de Depeche Mode. Un chaval en apariencia razonable -e incluso con estudios superiores y hasta un cargo en la administración- que en su ciego fanatismo por Gahan, Gore y Fletcher no trae más que sufrimiento a los que le rodean, capaces de detectar todo lo malo que a él le viene oculto por cosas del sesgo cognitivo que se da en las entendederas de todo fan.

A esa pobre mujer no le queda más que aferrarse a la esperanza de que con tanto ir de acá para allá (con la inminente gira a la que da pábulo esta enésima justificación a la misma en forma de disco) a los Depeche Mode se les caiga el avión y ello traiga paz a su vida y a la de tantas otras personas que han de sufrir las consecuencias de los devotos de semejante turra de banda. A esa pobre señora y a innumerables víctimas colaterales de la banda se las obliga a ir más lejos del schadenfreude: Depeche Mode sólo pueden reparar el daño pidiendo perdón y abandonando sus teclados. O desmantelando todas las bandas tributo que han generado.

Al margen de la dramatización anterior sobre una presunta Asociación de Víctimas de Depeche Mode, los hechos son claros: desde Ultra no sacan un disco digno, un disco que se sustente exclusivamente por lo que son las unidades elementales que lo conforman –las canciones- y no por ese mecanismo detonante de una gigantesca empresa de facturación que supone ser en su conjunto. Cierto es que alguna canción que otra por ahí, muy puntualmente, sí que han dado; John The Revelator molaba, y Dream On también. Pero su paso por los noventas y dos miles, tan revolucionarios que se decían por el mero hecho de ser uno de los primeros grupos de masas de tecladito y sintetizador, es el propio a un grupo más conservador en su sonido y eventuales experimentos que lo que podrían ser Mocedades o Siempre Así en su afán de nadar y guardar la ropa a la hora de cuadrar sonidos no fuera a ser que mermase la cantidad de fans mientras.

Si se quiere seguir el rastro de la electrónica de dos décadas a esta parte y trazar una cronología de relevancia sus maxis son esenciales; ahí están Underworld, Dr. Motte, Dave Clarke, James Holden, Ricardo Villalobos, Rex The Dog y así hasta más de cuarenta nombres todos de los de puntada con hilo gordo, pero esa relevancia es inversamente proporcional a sus propias producciones: a diferencia de Madonna o Bjork, contando con Mirwais y Sophie la una y con Mark Bell/LFO y Arca la otra, al final lo que les ha sucedido a Depeche Mode es que, por ejemplo, se recuerda más la remezcla de Danny Tenaglia para I Feel Love que la propia canción original. Y así con todo, siendo la remezcla de Tenaglia una de las suyas de house tribal a piñón fijo, a piñón de facturar facilito y atar longanizas con cuerda también suave y al pie. Depeche Mode resumen su trayectoria de estos 20 años en cuatro acapellas, bagaje paupérrimo para un grupo de pop electrónico.

Spirit tiene así interesantes los 6 primeros segundos de So Much Love, una especie de casamiento entre el ritmo motorik de los Neu y el industrial churretoso de los injustamente olvidados Cubanate. Luego ya se casca todo, que es la dinámica del resto de canciones del disco; como cuando aparece la guitarrita sobreproducida a lo U2 queriendo ser los Chameleons. En un salón comedor anexo ya pondríamos las letras, que en esta ocasión aún no ha trascendido cuáles son de Martin Gore y cuáles del Gahan. Pero vaya, que si un sistema tan laxo como es el educativo español en su subvariante andaluza a un hipotético chaval que presentase una redacción similar se le obliga a repetir curso, una misma vara de medir deberían exigir los fanáticos de la banda cuando, disco tras disco, se les entrega idéntica legión de chorradas formulaicas.

A uno el cuerpo se le queda tras este Spirit a la manera de quien asiste a un concierto de Nacho Cano arrancándose por el peor lp de The Human League, ese es el sentimiento, hasta ahí la desazón. Todo está dispuesto no con una funcionalidad que busque canciones dignas, sino como parte musical de esa puesta en escena que permita a Gahan primero darse un paseíto por una plataforma, después vociferar un par de poemas de Tagore, empalmar con una de pecho al aire en posición de centauro o de Salva Ballesta celebrando una ilegalización para ya enlazar con algún tema de esos que permite cante el estadio al unísono. Y todos para casa y contentos, con el merchan de esta nueva gira de los Depeche Mode y la firme disposición de adquirir las ediciones especiales, las reediciones, el papel higiénico oficial con el logo de la banda y lo que fuere, claro.

Porque ahí reside la principal diferencia entre los DM ochentas y los de ahora, nostalgias al margen: de ser una pyme cuya actividad era la normalización masiva del uso del sintetizador en canciones AOR, de gracias a haber contado con Vince Clarke y tener una apertura a John Foxx y demás dioses del teclado, han pasado a simplona megacorporación que lo único que es capaz de normalizar es la sistematización de la inercia a la hora de facturar sin establecer siquiera unos mínimos baremos de calidad en lo que sacan. Una megacorporación que antepone lo monetario al respeto a quienes precisamente les garantizan unas cuentas de beneficios anuales espectaculares, sus fans. Y es ahí donde estos deberían pararse, donde deberían decir ”mira, Depeich Mouz, hasta aquí, eh.”