Estos días anda revolucionado el patio hip hop a raíz de un comentario en Instagram de Drake. Lo escribió en un post ajeno en que se mostraba la lista de discos más vendidos de la semana, con DAMN. de Kendrick Lamar en primera posición y More Life de Drake en segunda. El artista canadiense venía a decir algo así como “Es alucinante que nuestra música siga avanzando”, una manera conciliadora y elegante de felicitar al rapero californiano y, de paso, desmentir los rumores sobre una relación fría y tirante entre ambos. La historia cogió aún más temperatura cuando en otro post de Instagram Drake hizo like a un comentario de un fan que soñaba en voz alta con una colaboración entre él, J Cole y Kendrick Lamar.

Es indudable que nuestra sumisión absoluta a las redes sociales convierte un like o un comment en un terremoto informativo. Es probable que Drake le diera al like en un momento de aburrimiento en el sofá o en plena faena en el excusado sin más intención que matar el tiempo, como tantos otros likes que hacemos a diario, pero qué más da: digitales de todo el mundo ya están teorizando sobre una posible colaboración entre los dos y están anticipando orgasmos musicales que ni tan siquiera tenemos la certeza de que lleguen a producirse.

Pero si de algo sirve esta histeria colectiva es para calibrar el impacto que Drake y Kendrick Lamar están teniendo en nuestro presente musical. Ahora en serio: ¿cuánto hace que el hip hop no se sentía tan relevante y protagonista? ¿Hasta qué época debemos remontarnos para recrear un momento en que dos figuras tan diferenciadas entre sí se estuvieran disputando un trono que va mucho más allá del radio de acción del género? 2017 será recordado por ser el año en que salieron al mercado More Life y DAMN., y además casi de forma simultánea, pero sobre todo será recordado por ser el año en que las dos estrellas más impactantes del presente convivieron en lo más alto de las listas de ventas en su mejor momento de forma.

Seguramente lo más fascinante de esta lucha de titanes es que no hay beef por medio. Ni tan siquiera rivalidad pura y dura. No es una confrontación nacida en los medios y la industria –2Pac y Notorious–, ni creada por los propios artistas –Jay Z y Nas–, ni tan siquiera promovida por el orgullo histórico –Boogie Down Productions y The Juice Crew–. Lo que resulta más estimulante de esta contienda es que es una batalla entre dos modelos absolutamente divergentes y opuestos, entre dos visiones musicales casi antagónicas que curiosamente han coincidido en su facilidad de conexión con el público. No hay comparativa posible entre uno u otro, pues entre ellos tiene mucho más sentido el análisis de confrontación que el de analogías. Los dos representan backgrounds, aspiraciones y métodos totalmente diferentes, pero los dos simbolizan por igual la brutal capacidad de penetración del género en la actualidad.

Kendrick Lamar es un rapper a la vieja usanza: le gusta plantear discos conceptuales con sentido y criterio, cuidar al máximo sus relatos y darle un significado a cada una de sus canciones. Es metódico y perfeccionista en la escritura, está obsesionado con la técnica y convierte cada lanzamiento en un banco de pruebas para matizar y mejorar sus prestaciones líricas. Y bueno, tiene el mérito de haber ido matizando y reciclando su flow en cada álbum, quién sabe si como muestra de una personalidad artística en constante fase de aprendizaje. A mí modo de ver sigue siendo la antítesis del rap comercial y masificado que evidencian sus ventas y su seguimiento internacional, y aún hoy sigue chocando esta capacidad de entrar de lleno en un tejido social tan diversificado y amplio desde una óptica musical tan seria, tan suya.

Si Lamar hubiera nacido en los 60 tengo muy claro que su potencial no hubiera desentonado entre los Rakim, Q-Tip y Chuck D de turno, y eso dice muchas cosas: no solo evidencia su descomunal talento para la rima, que le emparentaría con los más grandes, y no veo exageración por ningún lado, sino también pone de manifiesto que es posible arrollar comercialmente, ser muy competitivo en ese aspecto, sin renunciar a un modus operandi más propio de otra época. Lamar tiene la mentalidad de un rapper de los 80 en el cuerpo de un rapper de los 2000: la esencia de la vieja guardia reflota en un discurso precisamente muy alejado de la nostalgia y el conformismo. Y todo eso tiene mérito: a los puretas que se bajaron del barco hip hop a finales de los 90 lo de Lamar les sabe a gloria, en buena parte porque les hace ver y creer que la actualidad también puede reservarles discos afines. Por su parte, los chavales que ni tan siquiera se afeitan, hijos del trap y nietos del rap underground via wordpress o blogspot, sienten y entienden que Lamar es un triunfo de su generación.

Drake, por el contrario, es cualquier cosa menos un rapper. Empresario, estrella pop, A&R, director creativo y celebrity, al canadiense no le preocupan tanto sus rimas como el producto. Una excusa que a menudo utilizan sus detractores para menospreciarle; a mí, en cambio, me parece uno de sus principales baluartes, un elemento de valor escasísimo ahora mismo en el hip hop norteamericano. Y More Life es, hoy por hoy, la cúspide de ese concepto de artista total que antepone su visión a cualquier otra consideración para él secundaria y menor. El tipo lo tiene todo absolutamente controlado: el formato, los nuevos hábitos de consumo, los productores que rompen la pana tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, los sonidos que vienen y van, los cameos y colaboraciones que mejor convienen en cada momento, las dinámicas del público…

En cierto modo, More Life es la versión pulida, mejorada, amplificada y más inspirada de lo que pretendía ser, desde un punto de vista de concepto y planteamiento, The Life of Pablo, de Kanye West. Del mismo modo que Thank Me Later tomaba 808s & Heartbreak como punto de partida, como brújula ineludible del emo rap que estaba por llegar y explotar, y conseguía darle una apariencia más redonda y conseguida. Drake no tiene el talento creativo ni la inspiración ni el espíritu innovador de ‘Ye, qué duda cabe, pero si tuviera que confiarle mis acciones en bolsa a uno de los dos por descontado que se las dejaría al canadiense. Y con un lacito. Eso es Drake: el tipo que reflota empresas en bancarrota, el entrepreneur con más visión que talento que convierte cada startup en un modelo de negocio lustroso e intachable. Ahí está el milagro Drizzy: sin cantar ni rapear bien, con una personalidad y una actitud que se prestan a la parodia y la charlotada y con algunas letras que provocan vergüenza ajena, el personaje es capaz de sacarse de la manga un disco tan apasionante como More Life y cerrarle la boca a sus haters más belicosos.

Pero seguramente la diferencia más importante entre Drake y Lamar estriba en la relación que tienen con su música. Lo explico de forma muy gráfica: a mí después de escuchar por primera vez More Life no me vinieron ganas de recuperar Thank me Later. Ni tan siquiera Take Care. Y aún menos Views, y no por su proximidad en el tiempo, sino porque con Drake tienes la sensación permanente de que cada nuevo lanzamiento es como una actualización del software de tu móvil. Escuchado el nuevo, ¿para qué volver al antiguo? Esa intuición incomparable del artista para encajar en el contexto, incluso para adelantarse a él, quema etapas a un ritmo vertiginoso, y aunque tiene el riesgo de desfasar con rapidez sus álbumes también es una forma muy efectiva de marcar la pauta y el tempo como muy pocos referentes consiguen en la actualidad. Enganchados como estamos a More Life, ¿en serio alguien echa de menos al Drake de Thank Me Later?

En cambio, lo primero que hice tras escuchar varias veces DAMN., fue revisar Section.80 y good Kid, m.A.A.d City, sus dos primeros álbumes, hoy algo olvidados y ensombrecidos por el impacto de To Pimp a Butterfly. Su último disco mantiene conexiones evidentes con ambos, sobre todo en ese regreso a cierta idea de redefinición del rap de la Costa Oeste, y es más complejo entenderlo en toda su dimensión sin la ayuda recurrente de esos precedentes. En Kendrick Lamar su pasado musical es mucho más relevante y decisivo para entender su presente que en el caso de Drake. Si Drake es como una serie de televisión en formato antología, en la que cada temporada presenta personajes y tramas nuevas y no requiere haber visionado las anteriores, Lamar es una serie de largo recorrido en la que cada temporada reabre y retoma piezas de las predecesoras y todo está perfectamente hilado y vinculado. Para entendernos: si Drake es Fargo, Lamar es The Wire. Y las dos son la hostia.