Hace unas pocas horas terminó una nueva edición de Sónar, y ya van 23, que se mantiene firme y estable en cuanto a cifra de público: 115.500 visitantes de 101 nacionales durante estos tres días. Ya hay fechas, cómo no, para 2017, 15 al 17 de junio, y, además, se suman a la familia dos nuevas sedes, Hong Kong y Estambul. Pero lo que más nos importa: ¿qué tal la música? Como siempre, por encima del notable, en 72 horas en las que pudimos disfrutar de excelentes conciertos de gente tan diversa como Mikael Seifu u Oneohtrix Point Never, Alva Noto o Danny L Harle, ANOHNI o DJ EZ. Empezamos con la primera de nuestras tres crónicas, dedicada a artistas como Jean-Michel Jarre, James Blake, Kelela, Ángel Molina, Kode9James Rhodes. En breve, más.

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Sonidos negros para abrir la jornada

Decir que en Sónar hay abundancia de sonidos negros (interpretados por artistas negros) ya es una obviedad, pero bendita sea. En un tiempo en el que la cuestión de la raza se reivindica cada vez más en la música, es de apreciar que un festival no se olvide de quienes fueron los verdaderos originadores de muchas de las músicas de baile que escuchamos ahora. El Village se convirtió durante una hora en Kingston con la propuesta de The Spanish Dub Invasion, que resulta de la unión del maestro dub británico Mad Professor con tres vocalistas: el catalán Sr. Wilson, el madrileño Lasai y el vasco George Palmer en el que fue un ejercicio de hermanamiento, aceptación e integración de culturas, como el que ofrecerían un rato después Acid Arab.

Más al fondo, en el Dôme, Red Bull Music Academy programaba a uno de sus discípulos españoles que más está dando que hablar y que, por favor, esperemos que cada vez lo pete más. Se trata de John Grvy. Nació en Nigeria pero de pequeño se trasladó a Madrid por lo que, en su caso, corre literalmente sangre negra por sus venas. Y se nota su genuinidad. Ahora ya alejado del chillwave en el que se le enmarcó hace un par de años, apuesta por la confluencia entre neosoul y R&B y lo hace con buen carisma escénico, bastante gracia y muchas ganas. Su voz desprende elegancia, como su figura, pero no todo fue sugerencia, también hubo lugar al desmadre y la ironía en dos momentos: primero cuando interpretó Ohmai de su compañero de banda Lwlght junto a un artista invitado (pero no tan sorpresa) Yung Beef y, acto seguido, sampleando el Everybody (Backstreet’s Back) de Backstreet Boys al grito de “he crecido con esta mierda, como todos vosotros”. Amén.

Avanzada la tarde, y en el Hall, tuvimos las actuaciones de King Midas Sound + Fennesz y Kelela, ambas prácticamente calcadas a las que ofrecieron en Barcelona unos meses atrás. Con la primera no importó que se repitiese y a la segunda, en cambio, se le hubiese pedido un poco más. Por partes. La propuesta colectiva de Kevin Martin, aunque algo irregular, funcionó muy bien. Todas sus partes no están del todo integradas: Roger Robinson se acerca en el mejor de los casos a Jon Hopkins y en el peor a Chris Martin de Coldplay en un rollo algo sensiblero, pero Kiki Hitomi se erige como una Beth Gibbons portentosa, devolviéndonos al sonido de los primeros Portishead. ¿Y el vienés? Pues prácticamente de parranda con Mika Vainio, porque su guitarra apenas asomaba. Con todo, es esa de esos lives oscurísimos, de sonido pesado y beats gruesos que siempre entra muy bien en ese escenario.

Kelela se quedó demasiado corta. Quizá por ser ya la segunda vez que se la ve en el plazo de un año y con un directo que de tan sobrio tampoco es que apetezca mucho repetir aunque entren en el repertorio nuevos hits. O acaso porque su papel, es decir, el de estrella R&B en ciernes, en la pasada edición lo representó FKA twigs. Puntos en común tienen muchos, pero le falta algo de ese derroche de Barnett. Hay una buena expresividad corporal que surge de la espontaneidad, tal y como nos avanzó en la entrevista que publicamos el miércoles, pero nunca llega al contorsionismo de su coetánea. Lo que sí tiene es una fuerte presencia escénica, una producción avanzada, cierta actitud y sensualidad y es, por eso mismo, que se reclama un poco más de un directo que hasta buena parte de las voces estaban pregrabadas. Confiamos en que más pronto que tarde explote definitivamente sobre el escenario.

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El choque clásico

Cuando James Rhodes decía que era la primera propuesta de música clásica de Sónar el instinto te inducía a contrastar ese llamativo dato. Y, sí, tiene razón, algo tan radicalmente clásico como lo suyo no ha habido nunca. El festival lleva años tendiendo puentes y ha introducido este sonido a cuentagotas siempre con artistas a caballo entre estos dos mundos aparentemente tan opuestos. Los que mejor respuesta han tenido son la tropa Erased Tapes, encabezada por Nils Frahm y Ólafur Arnalds. Pero lo de Rhodes es una historia muy distinta. La cola que se formó en el Complex era de las que marca época, no en vano es el autor de uno de los libros del momento, Instrumental, y aunque musicalmente cuesta entender que haya tanto interés entre gente que iba con chanclas, camiseta de tirantes y con los pies encima de la butaca de un auditorio, su discurso caló de primeras. Greñas, tatuajes, gafas de pasta, tejanos y zapatillas chillonas… vamos, que podría ser cualquiera de nosotros y, de hecho, lo es. Precisamente sobre su calzado fue uno de los comentarios más acertados de su actuación. “Me las he comprado porque estaba muy contento de actuar en Sónar y así os estimula a los que vayáis de éxtasis”. Contando anécdotas de maestros como Chopin y conectándolas con las que nosotros nos conocemos (por ejemplo, el matrimonio Kanye West y Kim Kardashian) o comparando a Beethoven con nuestros pioneros, Jean-Michel Jarre o Kraftwerk, distinguiendo únicamente entre ellos que los primeros “están muertos”. Si a través de la música costó entrar un poco más – él no es un virtuoso pianista ni mucho menos – sí lo hizo con la palabra. Didáctico y apto tanto para principiantes como para iniciados.

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Sónar llevaba años sin pisar el Auditori, donde en la década pasada hubo conciertos de experimentación tan interesantes como los de Ryuichi Sakamoto, Steve Reich o Pan Sonic, así que su retorno en 2016 debía ser por la puerta grande. Lo hizo el jueves, poco rato después del show de James Rhodes, con el estreno en Europa de Become Ocean, premio Pulitzer de música en 2014 y Grammy a la mejor composición contemporánea en 2015, de John Luther Adams. Esta ecológica pieza fue interpretada por la OBC con Brad Lubman dirigiendo. Su temática, una alerta al cambio climático, podía hacer pensar que iría acompañada de proyecciones, pero la orquesta se bastó para que la pieza, de 42 minutos de duración, fuese excitante de principio a fin. Incluso aunque su estructura fuese circular, con algunos patrones repetitivos que pretenden simular el oleaje y las crecidas y bajadas del nivel del agua. Todos aquellos que fuesen marcados por esa frase del reputadísimo crítico musical Alex Ross (“el apocalípsis más bello de la historia de la música”) salieron satisfechos y sanados.

 

El mejor escenario de electrónica del mundo y distintas maneras de aproximarse al jazz

Ya empiezan a ser ya multitud los shows del Hall a primera hora de la tarde para recordar durante años. Tal y como ocurrió el jueves a las 17:30 con King Midas Sound + Fennesz, el viernes, en el mismo slot y escenario, Kode9 presentó un nuevo espectáculo, que básicamente consistía en repasar algunos de los sonidos que han definido la electrónica underground del nuevo siglo con ocasionales parones a hits propios como el 9 Samurai acompañados por unos visuales a cargo de Lawrence Lek. La imaginería del alemán es industrial, casi distópica, y, por tanto, encaja a la perfección con el lenguaje de Goodman. Las imágenes nos trasladaban a un hotel de lujo, Nøtel, y por momentos evocaban los gráficos de first-person shooters como Half-Life.

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En contraste, lo de Underground Resistance quedó algo deslucido porque ya no tenía esa esencia de lo subterráneo (conocemos esta historia desde hace 30 años) aunque sí algo de resistencia por seguir defendiendo un género como el Detroit techno con hechuras muy clásicas. Pero Mike Banks sigue siendo una leyenda y, por tanto, abarrotó el Dôme en una de las actuaciones más atestadas que se recuerdan desde el traslado a Montjuïc. La cosa iba mucho de adaptar algunos de sus hitos a terrenos jazzísticos a base de instrumentación en vivo (teclados y saxo, mayoritariamente). Precisamente, desde ese enfoque jazz fueron provocando al personal con cortos fragmentos del Knights Of The Jaguar de Rolando, como si de una jam session se tratase. Ya sí, al final, la soltaron por completo para deleite del personal.

También hubo tiempo de ver en el Complex dos propuestas exquisitas: primero Niño de Elche, la revelación del año pasado desde su actuación en Sónar 2015, y más tarde Dawn Of Midi. El cantaor sevillano, por su parte, ofreció un discurso musical que en lo sonoro y lo visual tendía puentes con el que horas más tarde ofrecería ANOHNI. En el primer aspecto porque aúna géneros distantes como la electrónica, el flamenco y el ruidismo. Y, en el segundo plano, porque es también un artista comprometido y de puño en alto, aunque él más centrado en este espectáculo en el drama de la inmigración a ambos lados del Mediterraneo, desde Ceuta y Melilla hasta Idomeini. Experimentales y sumamente excitantes también fueron el trío neoyorquino, que ya venía como gran promesa de la vanguardia electrónica instrumental y minimalista, pero desde que Radiohead los ha llamado para que les telonéen en sus dos conciertos en agosto en el Madison Square Garden su caché se ha disparado. Con percusión, piano y contrabajo plantearon un recital calmado, con influencias jazz aunque con un enfoque más avanzado que el de UR. No poderles ver hasta el final para cenar con cierta tranquilidad y ver la sesión de Ángel Molina dolió enormemente.

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¿Renovarse o morir?

Cuando nos encontramos a Ángel Molina en la presentación del último disco de Jean-Michel Jarre en Barcelona nos dijo que el francés le había chafado un poco los planes iniciales al ver que el álbum era muy pistero. Lo que en principio iba a ser una sesión retro al final se convirtió en un interesante planteamiento de material actual, muy synth, pero de sonido añejo. Un día antes del set también nos decía que tiraría de algunos de esos maxis que no son gran cosa pero en los que siempre se encuentra alguna joya escondida. Una buena manera de dar paso a lo que se entiende por JMJ (no confundir las siglas con las de la Jornada Mundial de la Juventud de la Iglesia Católica) en 2016 y no en 1976. Y así fue. La impecable sesión, de una hora de duración, fue tan variada como lo que puede sugerir el profundo archivo del barcelonés y le dio tiempo a sonar cósmico, italo y más contundente. Como es habitual en él costó reconocer casi todos los cortes más allá de ese Vortex de John Carpenter. De nuevo quedó demostrado que no hay mejor DJ para esta clase de warm ups y más si Zero no estaba disponible por estar en la punta del recinto pinchando mano a mano con Chelis. También, que se merendó fácilmente a la leyenda de la electrónica de turno.

Porque lo de Jarre, tal y como temíamos en dicha presentación fue algo agridulce. Se le agredeció que no abusase de su nuevo material, insustancial en su mayoría salvo la colaboración con Rone o la de Julia Holter, que no sonó. Los clásicos no tardaron en aparecer, de hecho, antes de salir al escenario, sonó Waiting For Cousteau, un básico de sus intros, y a los diez minutos ya soltó Oxygène II, que actualizó como prometía, pero ni mucho menos se acercó a los terrenos EDM de su material actual. Porque el set, en general, fue muy cheesy (lo de la melodía de Circus, con Siriusmo, es de traca) y, visualmente, es más o menos lo que el joven público americano va a pedir en esas macrofiestas en California o Las Vegas si es que no las prohíben antes. Además de los habituales sintes, al francés le envolvía una suerte de cortina de LEDs que se abría para poder apreciar mejor su figura – chupa de piel, gafas de sol y los 67 años mejor llevados del mundo – que simulaban un efecto 3D. Antes de irnos a ANOHNI, que se pasó tres pueblos poniendo 20 minutos a Naomi Campbell bailando a cámara lenta en las pantallas, ya empezó a sacar sus habituales gadgets: bien de láseres, bien de keytar… Music for the masses, que más tarde pudieron ver su truco estrella, el arpa láser.

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Si no fuese porque sabemos de buena tinta que son grandísimas amigas, lo de Björk y ANOHNI suena a: “ah, ¿que tú llamas a Arca y The Haxan Cloak para tu nuevo disco? Pues yo a Hudson Mohawke y Oneohtrix Point Never, ¡y me los llevo de gira!” Fuera bromas, pensar que en un año y dos semanas hemos sido testigos del ¿último? concierto de Antony and the Johnsons y el primero de ANOHNI en Barcelona es de sentirse francamente afortunados. Sobre todo, porque la despedida del año pasado no podía ser mejor (bueno, sí, en un anfiteatro), por sonar, hasta sonó una versión del Blind de Hercules & Love Affair. En Sónar, aunque la cosa era electrónica, tendía más hacia la experimentación, la tensión y la intensidad. Por lo menos, eso es lo que sugería el LP, porque en directo y con la ayuda de dos de los productores del momento, que la flanquean a ambos lados del sobrio y oscuro escenario tras un portátil, engrandeció las canciones en todos los sentidos, para que el sonido inundase ese gigantesco escenario. No fue una música estrictamente de baile, salvo ese descarte que es Ricochet que tiene algunos ramalazos house, pero sí se bailó. Y se lloró, como las mujeres ignoradas que aparecían en pantalla (salvo la top, todo eran féminas ninguneadas por la sociedad heteropatriarcal: ancianas, transexuales, afroamericanas, asiáticas…). La británica se alza ahora como la voz de los más desfavorecidos, de hecho, hasta tiene una canción escrita desde la perspectiva de una niña afgana que quiere que un drone la mate, pero es la heroína de todos. Como única pega, unas ínfulas por momentos excesivas – la mencionada eternísima intro o esa túnica negra casi burka que limitó su siempre intensa expresividad e hizo que conectar con su discurso fuese más difícil.

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En la hora de espera hasta James Blake dio tiempo para visitar el nuevo SonarCar, que prosigue la idea que el festival introdujo dos ediciones atrás con Despacio, ese club paradisiaco en el que James Murphy y 2manydjs pincharon todo el día con un soundsystem de escándalo. Esta vez el escenario tenía una disposición circular, con sonido envolvente, y rodeado por esas cortinas de terciopelo rojo que ya son marca de la casa. La idea es genial, pues el espacio estaba un poco desangelado en los últimos años pese a tener programaciones alucinantes. Ahora no sólo sirve para descongestionar y matar horas muertas sino para recuperar un formato de sesión cada vez más olvidado en tiempos modernos: el all night long. Para ello contaron con dos selectores exquisitos, que a lo largo de las siete horas pudieron contar una historia con principio y fin, algo que no acostumbran a poder hacer. El viernes pudimos ver un rato a Four Tet, cuya ecléctica selección puedes ver consultar aquí gracias a las gentes de Playmoss.

Cuando James Blake irrumpió en la escena hace seis años (hubiésemos dicho que lleva una eternidad entre nosotros porque en tan poco tiempo ya ha conseguido la etiqueta de leyenda esencial y reverenciada) se le comparó mucho con Antony. Con su tercer disco, que precisamente salió a la venta el mismo día que el del nuevo proyecto de ella, ANOHNI, volvieron las comparaciones, pero de otro tipo. Mientras que a la neoyorquina se le aplaudía por saber renovarse dignamente, al londinense algunos le echan en cara que se repite más que el ajo y que sigue siendo el mismo niño mono llorón de 2010. Quizá muchos ya afilaban los cuchillos al ver que iba a actuar a una hora quizá más tarde de lo esperado en el escenario grande del Sónar, como pensando que iba a aburrir a las ovejas. Pero no, el británico siempre ha demostrado que si en estudio es un geniecillo en directo es un maestro. Acompañado por guitarra y batería supo encontrar el contexto adecuado a sus nuevas canciones, muchas de ellas, con todo, con un rollo mucho más clubber que de costumbre (Timeless, I Hope My Life…). También introdujo ciertas sorpresas: primero consiguiendo que el MC grime Trim se subiese al escenario enfundado con una camiseta de 1-800 Dinosaur para interpretar una Confidence Boost crudísima y, poco después, una extensísima versión de Voyeur que rompió algunas piernas contra pronóstico. No necesitó tirar de algunos de sus hits más obvios como una innecesaria (en este espacio) Limit To Your Love para encantar al personal.

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Un cierre con leyendas muy dispares

Sónar ofreció en su última jornada dos showcase de sellos que son como la noche y el día en numerosísimos aspectos. Mientras que el nombre de Ed Banger ya no impone el respeto de antaño, cuando se pronuncia Raster-noton hay que hacer reverencias. No es que necesiten renovar drásticamente su sonido, de hecho, resulta sorprendente y hasta encomiable que algo tan aparentemente simple como el techno minimalista no requiera de excesivos retoques, ni maquillajes chillones para seguir agradando. Ellos dieron con la tecla hace 20 años, exactamente los que celebraron el sábado. Representaron a la discográfica alemana dos de sus tres fundadores, Carsten Nicolai y Olaf Bender (quizá ya era pedir demasiado que viniese Frank Bretschneider para reactivar su proyecto como trío, Signal). El primero dobló esfuerzos, primero con su alias más conocido, Alva Noto, y también el más popular actualmente tras firmar la banda sonora de El Renacido, y después con Cyclo, dúo que completa Ryoji Ikeda. Mientras que el segundo presentó nuevo material como Byetone.

Todos ellos han estado antes en Sónar con estos alias o presentando distintos proyectos, ya sea en solitario como colaborando con otros genios del rollo. Lo de Diamond Version (Carsten Nicolai + Olaf Bender) con Atsuhiro Ito sigue girándonos la cabeza años después, como también fue memorable lo de Alva Noto con Ryuichi Sakamoto al piano hace diez años en el Auditori. Pero lo que Nicolai ofreció el sábado se acercaba más a lo primero: es decir, techno minimalista y post-digital, tan simple en sus hechuras musical como visualmente. Fue hasta el extremo aunque sin llegar a violentar en ningún momento como sí ha hecho otras veces. Los ocasionales momentos de electrazo, con todo, oxigenaron un poco. Media hora después volvió al escenario con el nipón para optimizar aún más el cortísimo show que ofrecieron en el SónarClub en 2011. Mejor contexto, mejor sonido y mayor duración. Quizá por eso una hora más de este rollo podía hacerse demasiado duro cuando las fuerzas ya flaqueaban, y también porque Byetone ofreció sonidos menos cerebrales y algo más convencionales. Además, ser el encargado de la cuidada estética del sello y que te fallen las proyecciones como le sucedió debe joder mucho, pero ahí estaban sus fans más de puño en alto para acompañarle a las duras y a las maduras.

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Después del chasco de su última gira por España, que también pasó por Sónar, y en la que tocaron todos sus grandes hits, resulta paradójico que con nuevo material una banda que casi llevaba un cuarto de siglo siendo irrelevante musicalmente cumpla. Pero es que Music Complete mola mucho, ya dijimos en su momento que era lo mejor que hacían desde Technique, aunque eso tampoco es mucho decir. De lo nuevo no sobró nada y temas como Restless, Plastic y Tutti Frutti pueden competir con los himnos más obvios aunque pueda sonar exagerado. A eso hay que sumar el agradecido rescate de joyas ocultas no tan trilladas como Your Silent Face. También unos visuales que, sin ser nada del otro mundo, no daban vergüenza ajena, como tampoco el sonido. ¿La voz de Bernard Sumner? Pues un cuadro flamenco, no vamos a descubrir nada nuevo a estas alturas, pero positivo es que Love Will Tear Us Apart tuviese más de emotivo que de etílica celebración como antaño. Así, sí. 

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